Stephanie, la típica chica normal que vive el último año de preparatoria antes de partir a la universidad. Grandes sorpresas la aguardan con la llegada de Alexander, un chico nuevo que inmediatamente se gana el corazón y la atención de todas las chicas del colegio, y el odio y la envidia de los chicos. Juntos, se verán envueltos en un romance lleno de peligros y emociones, todo provocado por la verdadera identidad de Alexander, que Stephanie desconoce, y el pasado de la familia de ella.
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Sólo soy una simple chica son sueños de convertirme en escritora. Esta es una historia original y sacada de mi imaginacion, cualquier historia parecida es una copia. Los personajes aqui utilizados para ilustrar la historia son simplemente con fines decorativos, la novela no tiene absolutamente nada que ver con la serie "The Vampire Diaries".
Crónicas de un Amor Condenado. Capítulo 11
Autor: StephSalvatore | domingo, 8 de abril de 2012
De nuevo miré la imagen plasmada en el libro, intentando convencerme de que había visto mal, de que mis ojos me habían jugado una mala pasada. Sin embargo, el rostro del Alexander Slade del libro era idéntico al del Alexander que tenía justo enfrente. El mismo cabello negro, la misma nariz recta, los mismos pómulos y, pese a que el retrato estaba en tonos sepia, estaba segura de que el tono azul de sus ojos también era el mismo.
No conforme con eso, la chica que estaba a su lado era idéntica a Kristen y respondía a su mismo nombre.
—Eres tú... —susurré débilmente.
—Steph, déjame explicarte...
—Eres tú —repetí—. Y ésta es Kristen...
—Todo tiene una explicación, Stephanie. Tienes que escucharme...
—¿Cómo... cómo es posible?
Me puse de pie, tomando el libro entre mis manos. Ahora todo tenía sentido: la reacción de mi abuela, la actitud de Alex al ver el libro. Todo parecía imposible y, sin embargo, tenía sentido.
—¿Eres tú? —pregunté en voz baja.
—Stephanie, escúchame —la voz de Alex sonaba desesperada.
—Contéstame, Alex. ¿Eres tú el que está en la fotografía?
—Tienes que entender que hay cosas que...
—¡Responde de una vez! —lo interrumpí elevando el tono de mi voz—. Eres tú, ¿sí o no?
Él respondió después de una pausa, en medio de un suspiro de resignación:
—Sí.
Su respuesta fue suficiente para que saliera corriendo lejos de allí, lejos de él. Estrechando el libro contra mí, corrí hacia el auto de mi hermano y conduje sin ningún destino en especial, con el único deseo de alejarme lo más posible de Alexander. Al llegar a la autopista me detuve y estacioné el auto en la orilla del camino. Apoyé los brazos en el volante y escondí mi cabeza dentro de ellos. Había tantas cosas en mi mente que la cabeza me dolía hasta el punto de estallarme, ¿cómo era posible que Alex estuviera en un retrato que tenía cientos de años? Nadie podía vivir tanto tiempo, mucho menos con el mismo aspecto, como si el tiempo no transcurriera por él. Sabía que todas las respuestas a mis preguntas estaban escritas en el libro de mi abuela, pero no quería leerlas, yo quería escuchar todo de boca de alguien de mi propia confianza, de una persona de la cual jamás dudaría.
Pisé el acelerador y tomé la autopista hacia el norte, eran muchos los kilómetros que había que recorrer, pero por suerte el reloj indicaba que aún era temprano. Si me daba prisa, podría llegar a Chicago antes de que se hiciera demasiado tarde.
Para mi suerte, el camino estaba despejado y no había demasiados autos. Cuando vi que el reloj marcaba las 8:23 suspiré aliviada. Llegaría a casa de mi abuela a una hora decente y seguramente me haría pasar la noche ahí, temerosa de que la noche me tomara por sorpresa conduciendo por la autopista. Recordé que había salido de casa y tomado el auto de Chris sin más aviso que la nota rápidamente garabateada que les dejé a mis amigas. Más tarde llamaría avisando dónde me encontraba. Mi prioridad en ese momento era hablar con mi abuela lo más pronto posible y aclarar de una buena vez todo el misterio que envolvía a Alexander.
¿Cómo podía ser que él y Kristen siguieran vivos y exactamente iguales después de tanto tiempo? ¿Qué rayos es lo que hacía una foto de ellos y su familia en un libro sobre la historia de las brujas de Salem?
"Yo nací en Salem", la voz de Alex resonó en mi cabeza y todo adquirió aún más sentido a la vez que se volvía más confuso. Por lo que había leído en el libro, las brujas sólo eran mujeres que hacían algún pacto oscuro con el cual adquirían habilidades sobrenaturales, no comprendía qué era lo que Alexander tenía que ver con todo aquello. Quizás su madre resultara ser una bruja y tanto él como Kristen salieron afectados con eso; o tal vez la bruja era la misma Kristen. Su semblante frío y cruel y la maldad que emanaba me inclinaron a pensar que esa opción era la más viable, aunque después recordé lo que Aly me había dicho sobre que Alex era un asesino y su mirada atemorizante en mi sueño y en el estacionamiento el día en que se enfureció con Diego.
¿Podría ser posible que tanto Alex como Kristen hubieran hecho un pacto oscuro y así seguir viviendo intactos después de cientos de años? Y si así era, ¿por qué lo habían hecho? ¿Por el simple deseo de inmortalidad? ¿O tal vez porque tenían algo que hacer y el tiempo normal de vida humana no les era suficiente?
El timbre de mi teléfono celular me sacó de mis pensamientos. Sin descuidar el volante del auto, observé la pantalla y vi que quien llamaba era mi hermano. Seguramente se había dado cuenta ya de que había tomado su auto sin permiso. Respondí la llamada y lo puse en altavoz, sin retirar mi vista de la autopista.
—¿Se puede saber a dónde rayos fuiste tan temprano y por qué te llevaste mi auto?
La voz de Chris sonaba algo molesta a través del altavoz, aunque eso no ocultaba el dejo de preocupación que también había en ella. Así era nuestro lazo de hermandad: podíamos enojarnos el uno con el otro, pero después de unos momentos todo volvía a la normalidad. El cariño y preocupación que sentíamos mutuamente era más grande que cualquier otra cosa.
—Buenos días hermanito, ¿cómo amaneciste? —respondí en tono de broma—. Yo muy bien, gracias por preguntar, ¿eh?
Pude escuchar una ligera risa a través del altavoz.
—Buenos días, querida hermana. ¿Amaneciste bien? Si te apetece podemos tomar el té a mediodía y platicar de lo mundanas que son nuestras vidas.
Yo reí ante su sarcasmo. Así era mi mellizo: igual de sarcástico y loco que yo.
—Sólo aceptaré tu oferta si el té viene acompañado de galletas.
—¿Galletas de limón? No creo que tus galletas con chispas de chocolate queden muy bien con un té.
—¿Y por qué no? Ay Chris, qué bien se ve que no sabes de gustos culinarios.
—Ya Steph, concéntrate —dijo riendo—. ¿A dónde fuiste tan temprano?
—Salí a dar una vuelta.
—Aunque no lo creas eso ya lo había deducido. Mamá está hecha un mar de nervios porque te fuiste sin decir nada y dejaste la casa llena de tus amigas.
—Supongo que tendré que prepararme para el regaño que recibiré mañana —suspiré resignada.
—¿Mañana? ¿Cómo que mañana? ¿En dónde rayos estás, Stephanie?
—Conduciendo por la autopista.
—¿Y qué demonios haces en la autopista?
—Iré a ver a la abuela, Chris. Necesito hablar con ella.
—¿Desde cuándo es tan urgente ver a la abuela? ¿Qué no puedes hablar con ella por teléfono?
—No. Necesito hablar con ella en persona.
—Ya Steph, deja de jugar y dime en dónde estás.
—Es en serio, voy a la casa de la abuela.
—¿Te volviste loca? ¿Pretendes ir conduciendo hasta Chicago?
—¿Qué tiene? Ni que me fuera a ir hasta Groenlandia. Ya hemos ido a visitarla muchas veces.
—Sí, pero hemos ido todos juntos, nunca has ido tú sola.
—¿Quieres calmarte, Chris? No me regañes, pareces mi papá.
—Es que estás loca, niña. ¿Cómo se te ocurre irte hasta Chicago tú sola?
De repente los gritos de mamá sonaron del otro lado del altavoz. Era obvio que había oído lo que mi hermano acababa de decir y estaba a punto de sufrir un ataque.
—¿Chicago? —escuché que gritaba—. ¿Tu hermana está en Chicago?
—Tranquilízate mamá —al parecer Chris trataba de calmarla—. Mi hermana está bien.
—¿En dónde rayos está? —se escucharon pasos y después su voz sonó más clara—. Stephanie, ¿se puede saber a dónde fuiste sin que le avisaras a nadie?
Yo tomé aire y le hablé al altavoz con la voz calmada, preparándome para el regaño que me esperaba.
—Voy a Chicago, mamá. Necesito ver a la abuela.
—¿Te volviste loca? ¿Cómo pretendes ir hasta Chicago tú sola?
—Estoy bien, mamá. Ya estoy en camino.
—¿Y con el permiso de quién te fuiste? Si querías ir a ver a mi madre pudiste decirme e ir todos juntos.
—Lo siento mamá, pero fue algo que salió de imprevisto. Créeme que no lo haría si no fuera necesario.
—No sé en qué estés pensando, señorita —soltó mi madre, visiblemente enojada—, pero déjame decirte que estás castigada. Quiero que regreses inmediatamente a la casa.
—No puedo, mamá. Necesito ver a la abuela.
—Has lo que quieras, entonces. Pero prepárate cuando regreses a la casa.
Nuevamente se escucharon sonidos y el que habló ahora fue mi hermano.
—Está muy enojada.
—No, ¿en serio? —pregunté sarcásticamente.
—Es que no inventes Steph, ¿cómo se te ocurre irte hasta Chicago así nada más?
—Salió de repente, Chris; en serio no lo tenía planeado. Necesito hablar con la abuela de algo muy importante.
—¿Pasó algo? —preguntó inquieto.
—No. Bueno sí. La verdad no sé bien —suspiré—. Necesito aclarar con ella algunas cosas.
—¿Qué pasó, Steph? ¿Estás bien?
—Sí, no te preocupes. Yo estoy bien. Prometo contarte todo cuando regrese, ¿sí?
—Está bien, sólo vete con mucho cuidado y avísame cuando llegues con la abuela.
—Sí, papá —respondí con una ligera risita—. Yo te aviso.
—Oye, Steph, una última cosa. ¿Traes dinero?
—Mmm no, ¿por qué?
—Porque traigo poca gasolina. Si quieres ir hasta Chicago vas a tener que llenar el tanque.
Miré el indicador de gasolina en el panel del auto y vi que mi hermano tenía razón. Demonios. La aguja marcaba poco menos del cuarto de tanque, eso no me alcanzaría para ir hasta Chicago. ¿Cómo pude haberme olvidado de eso? Había tomado la decisión de ver a la abuela de un momento a otro, no había pensado en la gasolina, ni en que no llevaba un sólo centavo conmigo. Mi estómago rugió de hambre y entonces caí en cuenta de que no había desayunado ni había llevado nada de comida.
Suspiré frustrada al darme cuenta de que lo mejor sería regresar a casa y enfrentarme a los regaños de mamá. Quizás tendría que conformarme con leer la historia del libro para después llamar a la abuela y pedirle que me explicara todo.
—No traigo nada.
—Eso te pasa por llevarte mi auto sin permiso, ¿por qué no tomaste el de mamá?
—Porque tú eres mi hermano consentido y no te molestarás conmigo por tomar tu auto.
—Soy tu único hermano.
—Por eso mismo —me reí—. No tengo a nadie más a quién robarle el auto.
—Eres una convenenciera.
—Pero así me quieres, ¿no? —escuché risas por el altavoz—. De cualquier modo, da igual de quién haya sido el auto. No traigo nada de dinero, así que voy a tener que regresar.
—No te preocupes —dijo Chris—. En el maletero del frente traigo un poco de dinero. Úsalo para la gasolina y cómprate algo de comer. Por cómo saliste huyendo supongo que no desayunaste nada y no sé porque tengo la impresión de que te estás muriendo de hambre.
—¿Acaso lees mi mente?
—Ése es uno de mis poderes de mellizo —dijo riendo—, y tú me amas por eso.
Yo reí ante su comentario.
—Así es, aunque no lo creas.
—Bueno hermanita, ya no te interrumpo más. Maneja con cuidado y avísame cuando llegues, ¿sí? Yo trataré de calmar a mamá porque está a punto de darle un ataque.
—Sí, Chris, yo yte aviso. Convence a mamá de que no me regañe tanto cuando llegue, ¿sí?
—Regrésame el auto sin ningún rasguño y ya veremos.
—Ok, trato hecho —respondí riendo.
—Cuídate mucho.
—Tú también. Saluda a las chicas de mi parte.
—Dicen que te regañe por abandonarlas.
Yo me reí.
—Regaño recibido. Te quiero mucho hermano.
—Y yo a ti, loca.
Después colgó.
No supe por qué pero escuchar la voz de mi hermano me tranquilizó un poco. Pese a que sabía el castigo que me vendría encima cuando regresara a casa, no podía echarme para atrás. Necesitaba hablar con mi abuela, necesitaba que me explicara todo lo relacionado con Alex: lo que ella supiera acerca de él, por qué era que tenía un libro donde venía su historia, si en verdad Kristen era su hermana y si sabía a quién había asesinado Alex. Tenía tantas interrogantes en mi mente que no podía quedármelas. Necesitaba una respuesta urgente y mi abuela era la única persona que podría responder a todas.
Llené el tanque del auto en una gasolinera que estaba a un lado de la autopista, compré algo de comida en una tienda de paso que estaba junto y me dirigí sin más retrasos a la casa de mi abuela.
Cuando el reloj marcaba las 14:07 detuve el auto frente a la casita blanca en las afueras de Chicago. Tenía tiempo que no la visitaba, pero todo era tal cual lo recordaba: las flores de colores enmarcando las ventanas, el amplio porche donde solía jugar cuando niña y el columpio en el cual la abuela solía sentarme sobre sus rodillas para contarme los cuentos que despertaron mi deseo secreto de convertirme en escritora.
Sonreí al recordar todos aquellos momentos vividos en esa casa, pero al dirigir mi mirada al asiento del copiloto, sobre el cual descansaba el libro con tapas de piel, recordé el motivo por el cual me encontraba allí ahora. Tomé el libro entre mis manos y después de soltar un largo suspiro, bajé del auto y caminé hacia la puerta de la casa.
Apenas toqué el timbre, la puerta se abrió y me encontré inmersa en el caluroso abrazo de bienvenida de mi abuela.
—Stephanie —dijo estrechándome contra ella—. Estaba esperando que llegaras desde que tu madre me avisó que venías para acá.
—¿Mamá te avisó que venía? —le pregunté en cuanto me soltó.
—Así es, en la mañana llamó para decirme que te habías salido sin permiso de su casa y que al parecer venías a verme. Sonaba muy molesta, a decir verdad.
—Lamento haber venido así, sin avisarle a nadie —comencé—. Yo no quería causar problemas, yo sólo...
—Sé por qué lo hiciste —me interrumpió con una sonrisa—, no tienes por qué disculparte. Sabía que no tardaría en tener noticias tuyas, aunque debo de admitir que lo que esperaba era una llamada o algo así, nunca pensé que te escabulleras sin permiso para venir hasta acá.
Yo simplemente me limité a mostrarle el libro que llevaba entre las manos.
—Necesito saber que es lo que está pasando —murmuré.
—Pasa, hija —dijo conduciéndome al interior de su hogar—. Adentro podremos hablar de todo lo que quieras.
Entré a su casa y de inmediato reconocí el olor a azucenas que tan grabado llevaba en la memoria. Caminé hacia la sala y me senté en el sofá más cercano. Mi abuela entró detrás de mí y se sentó en el sofá que estaba junto enfrente.
—Dime, Stephanie. ¿Qué es lo que quieres saber?
—Todo, quiero saberlo todo. Quiero saber quién es Alexander Slade, cómo... —hice una ligera pausa— cómo es que él y su hermana siguen vivos después de tantos años.
Mi abuela se inclinó un poco hacia adelante y me miró con el entrecejo fruncido.
—Entonces también conoces a Kristen —murmuró.
—¿También la conoces a ella? —pregunté en voz alta. Ella asintió—. Abuela, necesito que me digas cómo es que sabes de Alexander y de Kristen.
Ella bajó la mirada y después de un largo rato suspiró y habló en un tono de voz muy bajo.
—¿Leíste el libro?
—Sólo el inicio, no contiene más que historias sobre supuestas brujas que vendieron su alma al demonio a cambio de algunos favores de su parte.
—¿Y tú las crees? ¿Crees que esas historias sean ciertas?
—Al principio no. Todo parecía muy fantasioso, como sacado de algún cuento creado para asustar a la gente, pero después... —me quedé callada.
—¿Después qué?
—Después encontré esto.
Y le mostré la imagen de Alex y su familia, pintada cientos de años atrás.
—Supongo que los reconoces, ¿no? —se limitó a preguntar.
—Son Alex y Kristen. Su... hermana, según dice aquí.
—Exactamente, ellos dos son hermanos. Dime, Stephanie, ¿cómo es que conoces a Kristen?
—Llegó al colegio hace unos días, buscando a Alex. Y según me pareció, a Alex le molestaba mucho su presencia.
—¿Leíste la historia del libro que habla sobre ellos?
—No. Yo quiero que tú me cuentes todo, quiero escuchar de ti toda la verdad.
—Lee lo que dice el libro —dijo señalándolo con la mano—. Léelo en voz alta y después yo te aclararé todo lo que quieras.
No muy convencida, abrí el libro que descansaba sobre mis piernas y busqué la historia que estaba al final, aquella que contenía la imagen de Alex y su familia. Temerosa de lo que podría encontrar, tomé aire y comencé a leer:
"De las muchas historias que se cuentan en este libro, quizás la más terrible y trágica de todas es la relacionada con la familia Slade. Una historia que no termina sólo con la bruja en cuestión, sino que arrastra consigo el desastroso fin de una familia entera y de varias personas cercanas a ella.
Thomas y Charlotte Slade eran considerados ciudadanos ejemplares, preocupados siempre por el bienestar de la comunidad. Ambos tenían un hijo de nombre Alexander, un chico de carácter igual de intachable que el de sus padres. Eran una familia tranquila, querida y apreciada por todos los habitantes en Salem.
Un nuevo integrante llegó a la familia cuando una tragedia azotó al pueblo: un incendio inexplicable acabó con todos los bienes e integrantes de la familia Jenkins. De aquella tragedia sólo sobrevivió una niña, una pobre huérfana de nombre Kristen que rápidamente encontró lugar entre los Slade. Éstos no dudaron en hacerse cargo de ella y rápidamente la adoptaron como su hija; todos vivían felices y ninguna familia se comparaba a la de Thomas y Charlotte, ahora con dos hijos.
El tiempo pasó y trajo consigo grandes cambios. Charlotte Slade, siempre jovial y dispuesta a ayudar a quien lo pidiera, se convirtió en una mujer seca y fría. Rara vez se le veía fuera de su casa y, cuando salía, siempre se le veía acompañada de su hija Kristen. La actitud de ambas hacia los demás era grosera y evasiva y después de un tiempo, todos comenzaron a evitarlas. Thomas Slade comenzó a mostrar un semblante cansado y demacrado, la sonrisa que habitualmente adornaba su rostro desapareció para dar lugar a grandes ojeras y su hijo, Alexander, era el único que aún presentaba señales de continuar con su vida como si todo siguiera como siempre lo había sido.
Los rumores de brujería llegaron a Salem y no tardaron en alcanzar a la familia Slade; se murmuraba que Charlotte y su hija se encerraban en su casa para charlar con el demonio y realizar rituales oscuros, pero nadie se atrevía a acusarlas directamente por la buena fama que tuvieron tiempo atrás. Los rumores se intensificaron y cuando la cacería de brujas comenzó, todo apuntaba a que las próximas en morir en la hoguera serían las mujeres de la familia Slade.
Una noche, los aterrorizados gritos de Rosalie Black, amiga de la infancia de Thomas, rompieron el silencio de las calles. Ella juraba haber ido a visitar a su amigo y, en lugar de verlo a él, lo que encontró fue a Kristen y su madre realizando un ritual de sangre dedicado al demonio. Su testimonio fue considerado prueba suficiente de las prácticas de brujería que llevaban a cabo las Slade y el pueblo entero fue tras su búsqueda, deseosos de arrojarlas a la hoguera. Thomas no dio ningún indicio de querer oponerse a la condena de su esposa y de su hija, solamente su hijo Alexander trató de impedir que fueran arrojadas a la hoguera, pero su esfuerzo fue inútil. Charlotte y Kristen Slade fueron quemadas acusadas de brujería, pero antes de morir lanzaron una amenaza contra Rosalie: ambas juraron regresar después de la muerte para acabar con ella y con el último de sus descendientes.
Después de su ejecución, las cosas parecieron volver a la normalidad, pero días después la tragedia marcó a la familia Slade más de lo que ya lo había hecho. Una noche, Alexander, siguiendo los pasos de su madre, entregó su alma al demonio a cambio de devolver a la vida a las mujeres que le fueron arrebatadas en la hoguera. Al igual que ellas, se unió a las filas del ejército de Satanás y asesinó a su padre sin piedad. Acabó con él de una forma brutal y con su sangre terminó de sellar el pacto que anteriormente había sido establecido. Las almas de Kristen y Charlotte regresaron de las tinieblas con sed de venganza, dispuestas a cumplir su amenaza en contra de la culpable de su muerte.
Comenzaron su tarea con Rosalie Black, la mujer que las acusó de brujería. Después de torturarla cruelmente, la encerraron en su casa con el resto de su familia y los quemaron vivos, tal como habían hecho con ellas. Creyendo que así llevaron a cabo su venganza, intentaron regresar al averno para así servir eternamente al príncipe de las tinieblas junto con Alexander; descubriendo con sorpresa que su tarea no estaba terminada. Natalie, la pequeña hija de Rosalie, no estaba presente en la casa durante el incendio. Intentaron buscarla por todos los medios, pero todo fue inútil; la niña desapareció como si hubiera sido tragada por la misma tierra y por más que intentaron encontrarla jamás lo lograron. A medida que el tiempo pasaba, Charlotte y sus hijos morían de impaciencia por terminar su venganza y así poder volver a la oscuridad de las tinieblas, pero la hija de Rosalie jamás apareció.
A partir de entonces la existencia de los Slade se vio confinada a encontrar al último descendiente de la familia Black. Sólo derramando su sangre podrán terminar la tarea que tienen sobre la Tierra; únicamente con la muerte del último Black, Charlotte, Kristen y Alexander podrán pasar a formar parte de las filas de seguidores de Satanás por toda la eternidad."
Cerré el libro de golpe y dirigí la vista a mi abuela. Ella me miraba expectante, sin decir nada.
—¿Es real? —pregunté al fin.
—Sé que no lo parece, pero viste la pintura. Son ellos.
— Tú siempre lo supiste.
—Reconocí a Alexander en cuanto lo vi llegar contigo aquel día. Dices que también conoces a Kristen, no me cabe la menor duda de que son los Slade de la historia.
—Rosalie Black, la chica de la historia...
—Es antepasado nuestro —asintió—. Somos descendientes de Natalie, su hija.
Ahora todo tenía sentido: por eso la actitud de Alex cambió después de saber que nuestros antepasados en Salem eran los Black, por eso insistía en que era peligroso para mí y que había cosas que no debía saber; por eso Aly escuchó a Kristen llamarlo asesino, porque eso es lo que era. Había asesinado a su propio padre y asesinarnos a mi familia y a mí estaba probablemente entre sus planes. —¿Ahora entiendes por qué debes mantenerte alejada de ese chico, Stephanie? —dijo poniendo su mano sobre la mía.
Yo asentí.
—Debes de tener mucho cuidado —asintió—. Alexander no debe de saber que tuvimos antepasados en Salem, no debe saber quién eres.
Un nudo se formó en mi estómago al recordar que Alex ya conocía la historia de mi familia y no pude evitar preguntarme por qué no me había lastimado si ya sabía la verdad. ¿Quizás porque esperaba la llegada de Kristen? Tal vez su madre llegaría después y entonces cumplirían el pacto que habían hecho.
Como ya lo sospechaba, mi abuela insistió en que me quedara a dormir con ella. Después de que telefoneara a mi madre y le avisara que mañana me tendría de vuelta. Ella no quiso torturarme más con la historia de los Slade, así que pasamos el resto de la tarde horneando galletas y reviviendo los recuerdos de cuando era niña. A la mañana siguiente, me despidió con un fuerte abrazo, no sin antes recordarme lo importante que era mantenerme lejos de Alex.
Antes de dirigirme a la autopista, me detuve frente a una tienda de paso para comprar algo de comida para el camino que tenía por delante. Detuve el auto enfrente y me dirigí a la puerta, pero justo cuando terminaba de bajar, sentí un fuerte golpe en la cabeza. Lo último que pude ver antes de desvanecerme fueron unas botas de tacón negras, después todo fue oscuro.
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