Crónicas de un Amor Condenado. Capítulo 8

Autor: StephSalvatore | viernes, 13 de enero de 2012



—¿Steph?¿Steph? ¡Stephanie!
El grito de Adri me sacó de mis pensamientos y me devolvió a la realidad.
—¿Que pasó?
—Nada, ya olvídalo —respondió rodando los ojos—. ¿En donde andas, mujer?
—Disculpa, estaba pensando en algo.
—¿En la chica que buscaba a Alex? —aventuró Aly, escudriñándome con la mirada.
Yo la miré fijamente, pero no respondí.
La verdad era que sí, no dejaba de pensar en esa chica que había aparecido minutos antes. Realmente no tendría que importarme quién era o por qué buscaba a Alex, pero había algo en ella que me tenía muy inquieta. No podía explicarlo con facilidad, había algo que me decía que su aparición no sería buena para nada.
—Yo no sé quien sea —intervino mi hermano—, pero no me molestaría conocerla.
Adri se removió en su asiento y miró furtivamente a Chris, pero no dijo nada.
Sonó la campana que anunciaba el fin del almuerzo y todos nos separamos: Christian se fue a su entrenamiento de fútbol, Aly y Adrienne a clase de Álgebra y yo me dirigí a mi clase de Ciencias.
Alex ya estaba allí cuando llegué. Era la primera vez que lo veía desde el incidente con mi abuela y las mejillas me ardían de vergüenza al recordar lo sucedido. Quería disculparme con él, pero no encontraba las palabras apropiadas, no sabía si estaba molesto conmigo o si tomaría lo que pasó como el pretexto ideal para justificar la distancia entre nosotros.
—Veo que tu pie ya está mejor —dijo sin mirarme en cuanto ocupé el asiento vacío a su lado.
—Sí... —susurré débilmente—. Al menos ya puedo caminar.
—Me alegro —respondió sin el más leve asomo de alegría en la voz.
—Alex... quisiera pedirte una disculpa —comencé en voz baja sin mirarlo directamente.
—No tienes por qué hacerlo.
—Claro que sí, mi abuela...
—Tu abuela tiene razón —me interrumpió con la voz grave. Yo lo miré sin entender—. Ella tiene razón, yo no soy un amigo.
—Ella no debió tratarte como lo hizo —continúe, decidida a terminar la disculpa que había formado en mi mente desde el momento en que desperté.
—Hizo lo que tenía que hacer —añadió sin ninguna nota de expresión en su rostro ni en su voz—. Ella tiene razón, yo no soy tu amigo y debes mantenerme lo más alejado posible.
Entonces caí en la cuenta de lo que pretendía hacer, usaría el rechazo de mi abuela como el pretexto ideal para alejarse de mí.
—No uses a mi abuela como pretexto, Alexander.
Él me miró con sorpresa en la mirada, la primera vez en el día que me miraba directamente.
—Está claro que quieres usar lo que pasó como la excusa perfecta para tu distanciamiento —continúe—, pero si estás decidido a alejarte al menos dime la verdadera razón y no uses a mi abuela como pretexto.
—La verdadera razón ya te la dije, Stephanie. Creí que te había quedado claro ayer cuando hablamos.
—Ya sé que me dijiste que no eres bueno para mí —repetí con fastidio—, pero sigo sin entender el por qué de esa afirmación.
—Confórmate con saber eso y ya.
Yo iba a responder que no me conformaba con sus respuestas vagas cuando la profesora entró al aula. Como era su costumbre, empezó la clase inmediatamente y a mí no me quedó más remedio que enfocarme en el experimento que teníamos por delante.
Había que llevar a cabo una secuencia de reacciones químicas un tanto difíciles y a Alex le estaba costando trabajo; nuevamente me venció mi necesidad de ayudar a los demás y, olvidando nuestra discusión anterior, me concentré en ayudarlo cada vez que lo veía tener problemas.
Todo parecía ir bien, al parecer Alex había captado la esencia del experimento y comenzaba a entenderlo cuando se escuchó el ruido de cristales rotos y observé un líquido que se derramaba por la mesa.
—¡Que porquería!
—¿Pero qué...?
Alex tenía las manos cubiertas de vidrios y un líquido parecido al agua cubría ya la mayor parte de la mesa.
—¡Alexander! —exclamó la señorita Gray— eso es ácido sulfúrico, vaya a enjuagarse inmediatamente.
Observé las manos de Alex y me di cuenta de que se habían enrojecido, unas pequeñas ámpulas habían comenzado a aparecer en ellas y su rostro mostraba claramente el dolor de las quemaduras que el ácido le había provocado.
Sin dudarlo lo tomé del brazo y lo llevé al lavabo más cercano, abrí la llave del agua y coloqué sus manos debajo del chorro que había comenzado a salir.
—¿Qué fue lo que pasó?
—No lo sé —respondió mientras enjuagaba sus manos a toda prisa—. Solamente vacié un poco de agua en el ácido y el vaso estalló.
Yo intenté contener la risa, pero al parecer mi intento no sirvió de mucho.
—¿Qué?
—Primera regla de la química —expliqué—: nunca le des de beber agua a un ácido porque se sobrecalienta y pasa lo que ya viste.
Alex resopló.
—Lo creas o no ya me había dado cuenta de eso.
—Anda —dije cerrando la llave del agua—, vamos a la enfermería.
—¿Para qué?
—¿Cómo que para qué? Te quemaste las manos con...
Entonces miré nuevamente sus manos y me quedé sin habla. Éstas estaban perfectamente, sin rastros de quemaduras ni las ámpulas que había visto antes. No tenían ni el más mínimo rastro de haber sufrido algún tipo de accidente, estaban tan perfectas como siempre.
—Mis manos están bien, no tienen nada.
—Pero... pero... yo las vi. Se quemaron con el ácido.
—Claro que no. Están bien no les pasó nada —repitió mostrándome sus manos.
Yo las tomé y las examiné sorprendida, estaba segura de lo que había visto. Las manos de Alex se habían quemado, yo lo vi. Ahora, sin embargo, estaban perfectamente. ¿Cómo podía ser eso posible?
—Pero yo las vi... se quemaron, yo lo vi.
—Seguramente te asustaste por lo que pasó y eso es lo que creíste ver. Estoy bien, en serio —yo intenté decir algo, pero él me interrumpió—. Mejor vamos a limpiar el desastre que ocasioné.
—Pero...
—Olvídalo, ¿sí?
Él volvió a nuestra mesa y comenzó a recoger los vidrios rotos. Yo, sin embargo, me quedé ahí de pie, anonadada por lo que acababa de pasar. Juraría por lo que fuera que no me había imaginado nada, Alex de verdad se había quemado, yo lo había visto con mis propios ojos, había visto sus manos enrojecidas y llenas de ámpulas. ¿Cómo era posible que de la nada estuviera perfectamente?
—Imagino que ya terminaste el trabajo, Stephanie.
Miré hacia atrás y me encontré con la dura mirada de la profesora Gray.
—Yo… emm… —mi mente aún seguía vagando en la mano de Alex— no, creo que aún no he terminado…
—Entonces tal vez quieras regresar a tu mesa y terminar.
Suspiré y regresé al lado de Alex, él estaba terminando de recoger los vidrios rotos y yo le ayudé a limpiar el desorden que quedaba. Después de limpiar todo, nos concentramos en terminar el experimento, aunque debo admitir que me costó más de lo normal porque mi mente no se apartaba de la mano milagrosamente curada de Alex.
Cuando sonó el timbre apenas habíamos terminado y antes de salir la profesora nos llamó a Alex y a mí.
—¿Qué pasa, profesora? —le pregunté un poco asustada, creyendo que tal vez nos regañaría por el incidente del ácido.
—Antes que nada, ¿cómo está tu mano, Alexander? —preguntó mirándolo.
—Está muy bien, gracias —respondió el aludido, mostrándole ambas manos—. Por suerte mis manos no llegaron a tocar el ácido, así que no hubo problema.
Sus palabras me confundieron de nuevo, ¿que no tocó el ácido? Yo había visto el ácido escurrir por sus manos y por eso se había quemado, simplemente no entendía nada de lo que había sucedido, se encontraba mucho más allá del alcance de mi comprensión.
—Qué bien que no pasó a mayores. Ahora —añadió enderezándose en su silla—, necesito hablar con ambos de otra cosa.
—¿Qué pasa? —repetí.
—Alexander, como bien sabes no te fue muy bien en la última prueba.
Ella lo miró y él simplemente asintió.
—Me temo que si continúas sacando notas así no pasarás el curso.
—Yo… le prometo que lo haré.
—Más vale que lo hagas, no necesito recordarte que la prueba de la semana entrante es de las más importantes en el curso.
—Le prometo que estudiaré.
—He notado que la materia te cuesta trabajo, quizás necesites un poco de ayuda.
—No lo sé —Alex se encogió de hombros—. Tal vez.
—Stephanie —esta ocasión se dirigió hacia mí—, ¿te importaría ayudarlo a pasar la materia?
De acuerdo, eso sí que no lo esperaba.
—¿Yo?
—Eres de mis mejores estudiantes y por lo visto ustedes dos parecen llevarse bien, he pensado que tal vez podrías ser una especie de tutora para Alexander.
—Emm… ¿tutora?
—Sí. ¿Tú qué dices Alexander? ¿Te importaría que Stephanie te ayude a pasar la materia?
Miré discretamente a Alex y supe lo que estaba pensando. Por supuesto que le importaba. Por alguna razón que se empeñaba en ocultar, él quería alejarse de mí y la idea de la profesora Gray no ayudaba mucho en sus planes.
—¿Stephanie, mi tutora? —preguntó en un tono de voz que me hizo saber que la idea no le agradaba mucho.
—No es malo aceptar que necesitas ayuda.
Evidentemente la profesora creía que la reticencia de Alex se debía a su orgullo, eso me hizo reír un poco y tuve que contener la sonrisa que quería formarse en mi rostro.
—No… yo lo sé, pero…
Alex hizo una pausa. Al parecer no encontraba las palabras adecuadas para explicarse, así que sólo suspiró y habló con una voz resignada:
—Está bien, por mí no hay problema.
La señorita Gray asintió y me miró.
—¿Tú qué dices, Stephanie?
¿Qué podía decir? ¿Qué me alegraba tener una excusa para pasar tiempo con Alex? ¿Que aunque yo moría por aceptar, sabía que Alex no estaba conforme con la situación y no quería obligarlo a hacer algo que no quería?
—Si él está de acuerdo, supongo que está bien —respondí sin mirar a nadie en particular.
—Entonces es todo —concluyó la profesora mientras se levantaba de su silla y tomaba sus cosas—. Espero que tengas una buena nota en el próximo examen, Alexander —el asintió—. Confío en ti, Stephanie.
Después salió por la puerta y nos dejó a Alex y a mí solos en el aula.
—Así que… mi tutora, ¿eh? —preguntó.
—Eso parece —respondí sin mirarlo.
—Parece que el destino se empeña en impedir que me aleje de ti.
—Si te molesta puedo pedirle a la profesora que te ponga con alguien más.
Alex suspiró.
—De acuerdo, la próxima clase le diré que prefieres otro tutor.
—No —por primera vez desde que nos llamó la profesora, Alex me miró—. Claro que no prefiero otro tutor, es sólo que…
—Es sólo que, ¿qué?
—Nada, olvídalo.
—No Alex, siempre me dices lo mismo, siempre me dices que lo olvide.
—¿No entiendes que simplemente no quiero hablar de eso?
—¿Pero por qué no?
—Porque no, simplemente no quiero y ya, ¿entiendes?
—Alex… —susurré acercándome a él.
—¿No ves lo difícil que es todo esto para mí?
El tono de su voz me conmovió: era el mismo tono que tenía ayer cuando hablamos en su coche, cuando me dijo que se alejaría de mí para siempre.
—Olvídalo, ¿quieres? —repitió mientras se sentaba sobre el escritorio de la profesora con la mirada baja.
—¿Qué es lo que te pasa Alex? —le pregunté colocándome frente a él.
—¿No entiendes lo difícil que es? Querer alejarme de ti pero que por una u otra cosa no pueda hacerlo, que por más que quiera mantenerte lejos siempre hay algo que lo impida, que por más que me empeñe en apartarme yo… —sus ojos azules se fijaron en los míos— simplemente no quiero hacerlo.
—¿Entonces por qué lo haces?
—Ya te lo dije, es lo mejor.
—Sabes que no lo es. Tú no quieres alejarte y yo no quiero que lo hagas, ¿en qué sentido puede ser lo mejor?
Alex se levantó y se acercó a la ventana del aula, mirando a través del cristal hacia el exterior.
—En el sentido de que así te mantengo a salvo.
—¿A salvo de qué? —le pregunté siguiéndolo.
—De mí.
De nuevo estaba con la idea de que era malo para mí. Por más que le daba vueltas al asunto no alcanzaba a comprender qué habría de malo en él para que se empeñara tanto en alejarme. Mi abuela volvió a mi memoria y nuevamente me convencí de que había algún detalle que me estaba perdiendo.
—¿Por qué tendrías que protegerme de ti?
—Hay cosas que no entiendes, Stephanie —añadió en medio de un suspiro.
—Entonces explícamelo —dije cruzándome de brazos sin dejar de mirarlo.
—No lo entenderías.
—¿Cómo voy a entender algo que no me explicas? No soy tan tonta como parezco, Alex.
—Ya sé que no lo eres, créeme —dijo en medio de una sonrisa—. Es sólo que hay cosas que no sabes.
—Entonces dímelas.
—Olvídalo.
—No Alex, dime. ¿Qué es lo que no sé?
—Cosas que no debes de saber. Y no insistas porque no te las voy a decir.
—¿Por qué no debo de saberlo?
—Haces demasiadas preguntas, ¿sabes?
—Dime Alex, ¿qué es lo que no debo saber?
Él retiró la mirada de la ventana y la fijó en mí.
—No insistas Steph, por favor. Deja las cosas como están, no me lo hagas más difícil.
—Sería menos difícil si me dijeras la verdad, ¿no crees?
—No puedo, Steph —respondió agachando la cabeza.
La actitud de Alex me hizo saber que la situación le afectaba tanto como a mí. Por su voz se notaba que había algo que le lastimaba, aquello que no podía decirme y que al parecer lo obligaba a alejarse de mí.
—Puedes decirme lo que sea —susurré colocándome a su lado.
—No si eso te pone en peligro.
—¿Y qué es lo que…
—Lo único que debes saber —me interrumpió—, es que todo lo que hago lo hago por protegerte, Steph —volvió a mirarme a los ojos—. Porque no soportaría que algo malo te pasara.
—No tiene por qué pasarme nada.
—¿No te das cuenta —añadió acariciando suavemente mi mejilla—, de que si algo llegara a pasarte por mi culpa no me lo perdonaría nunca?
—No tiene por qué pasarme nada —repetí, colocando mi mano sobre la suya.
—¿Por qué eres así? —preguntó bajando su mano a la vez que soltaba un suspiro.
Yo lo miré sin comprender.
—Así ¿cómo?
—¿Por qué a pesar de lo frío y distante que soy contigo, te empeñas en no querer alejarte de mí?
—No lo sé —respondí perdiéndome en el azul de su mirada.
—Eres increíble.
—No lo soy —dije sonrojándome.
—Lo eres —dijo tomando mi barbilla—. Durante mucho tiempo creí que era fuerte, hasta que apareciste tú.
—Alex…
—Por alguna razón tú me haces vulnerable, Stephanie. Eres mi única debilidad.
—Alex… —volví a murmurar en voz baja.
No podía explicar lo que sentía en eso momento. Las palabras de Alex habían tenido un efecto en mí que jamás había sentido. Un cosquilleo surgió desde el fondo de mi estómago, como una descarga eléctrica que recorría cada parte de mi cuerpo. Al mirarlo a los ojos comprendí que era sincero, que cada palabra suya venía directamente del corazón. Con la mirada quise decirle tantas cosas que mis palabras no alcanzaban a expresar, cosas que no encontraba el modo de expresar.
Sabía lo que vendría a continuación y estaba lista para eso. Alex tomó suavemente mi rostro entre sus manos y lo acercó al suyo mientras examinaba cada detalle con la mirada, me miraba sonriendo, de una forma muy tierna que no le había visto antes. Yo sonreí y lo miré de la misma manera mientras el acercaba más su rostro al mío. Estaba a tan pocos milímetros de mí que podía sentir su aliento sobre mi cara, sentí sus labios rozar suavemente los míos y entonces cerré los ojos…
—Vaya, vaya. ¿Qué es lo que tenemos aquí?
Alex se apartó de mí y entonces vi a la chica alta de cabello negro que estaba en la puerta. La misma desconocida que nos había hablado en el almuerzo, buscándolo.
—Alexander —dijo ella con su voz fría y un tono que me puso los pelos de punta—, al fin te encuentro.
El se quedó de piedra al ver a aquella chica. Sus ojos se abrieron de par en par y cuando habló lo hizo con la voz llena de sorpresa: era evidente que no esperaba ver a esa visita en particular.
—Kristen… ¿qué… qué rayos estás haciendo aquí?
—¿No te da gusto verme, cariño? —preguntó en tono de burla—. Oh, lo siento, creo que interrumpí algo —añadió viéndome.
—¿Qué demonios haces aquí, Kristen?
—¿Qué? ¿No te da gusto verme?
Ella esbozó una sonrisa burlona y se acercó a nosotros.
—Por supuesto que no.
—Buh, yo que tantas ganas tenía de verte de nuevo —entonces volvió a mirarme—. ¿Tú no eras la chica que estaba afuera en el almuerzo?
Alex nos miró a ambas con sorpresa y con una especie de preocupación.
—¿Ustedes se conocen?
Yo iba a hablar pero la chica que parecía llamarse Kristen intervino:
—Sólo le pregunté por ti en el almuerzo. Aunque creo que la conoces demasiado bien, según veo —añadió con malicia.
—¿Por qué no me dijiste que me estaban buscando? —me preguntó Alex con reproche.
—Yo… se me olvidó, lo siento.
—¿Se te olvidó? ¡Debiste habérmelo dicho, Stephanie!
De acuerdo ahora si no entendía nada, ¿por qué le molestaba tanto que no le dijera que la tal “Kristen” lo buscaba?
—Lo lamento, ¿sí? Tengo otras cosas en la cabeza además de andar pasándote recados.
—Bueno, bueno —intervino Kristen—. No se peleen, no queremos eso —dijo de nuevo con esa risa fría y carente de alegría—. ¿Tú quien eres? —me preguntó.
—No es nadie importante —intervino Alex antes de que yo pudiera responder.
¿Nadie importante? ¿Nadie importante? Eso sí me había dolido. Hacía unos cuantos minutos Alex había estado a punto de besarme, ¿por qué ahora decía que no era nadie importante?
—¿Qué rayos haces aquí, Kristen?
—¿Te parece si platicamos en otro lado? ¿O prefieres hablar aquí frente a tu amiga?
Alex la miró con algo que me pareció ser odio y cuando habló lo hizo con esa voz fría y dura que últimamente usaba conmigo.
—No sé para qué me buscas.
Después caminó a la entrada y antes de salir del aula su única despedida fue:
—Nos vemos, Stephanie.
Y tras decir eso salió por la puerta sin más explicación.
Kristen se quedó unos instantes más y me examinó con la mirada. Sus ojos negros eran inexpresivos y fríos, al igual que el resto de su semblante. Después dio la media vuelta y se alejó caminando por el pasillo detrás de Alex, dejándome sola en el salón de clases tratando de procesar lo que acababa de suceder.
¿Quién rayos era esa Kristen y por qué Alex le había dicho que yo no era nadie importante cuando minutos antes había estado a punto de besarme? Me pregunté si ella tendría que ver con las cosas que no podía saber y qué eran esas cosas que podrían lastimarme, según Alex. Ambos se habían portado demasiado misteriosos y el modo en que Alex le había hablado no me gustó para nada. Era evidente que su presencia le molestaba y entonces llegó a mi mente la pregunta del por qué se había molestado al saber que no le dije que Kristen lo buscaba, ¿tan importante era ella?
Si de por sí mi mente estaba llena de dudas, ahora me atormentaban muchas más. Miles de preguntas sin respuesta divagaban en mi mente y por más vueltas que le daba no lograba entender absolutamente nada.

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