Stephanie, la típica chica normal que vive el último año de preparatoria antes de partir a la universidad. Grandes sorpresas la aguardan con la llegada de Alexander, un chico nuevo que inmediatamente se gana el corazón y la atención de todas las chicas del colegio, y el odio y la envidia de los chicos. Juntos, se verán envueltos en un romance lleno de peligros y emociones, todo provocado por la verdadera identidad de Alexander, que Stephanie desconoce, y el pasado de la familia de ella.
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DISCLAIMER
Sólo soy una simple chica son sueños de convertirme en escritora. Esta es una historia original y sacada de mi imaginacion, cualquier historia parecida es una copia. Los personajes aqui utilizados para ilustrar la historia son simplemente con fines decorativos, la novela no tiene absolutamente nada que ver con la serie "The Vampire Diaries".
Crónicas De Un Amor Condenado. Capítulo 7
Autor: StephSalvatore | jueves, 15 de diciembre de 2011
—¿Segura que puedes caminar? —Alex me miraba con aprehensión mientras atravesábamos el jardín, hacia la puerta de mi casa.
Yo me apoyaba sobre él. En realidad me llevaba casi arrastrando por el esfuerzo que me costaba apoyar el pie derecho, pero me negaba rotundamente a que me llevara cargando hasta la puerta de mi casa. Odiaba que me trataran como si no pudiera valerme por mí misma. Además, en mi opinión, tanto cuidado no era para tanto, sólo me había torcido el tobillo, no se había roto ni nada.
Como pude, logré llegar a la puerta y fue entonces cuando recordé que Chris se había quedado con mis llaves. Toqué levemente con una mano, mientras con la otra me sujetaba firmemente de Alex.
La sensación de tenerlo tan cerca me agradaba. Sentir sus brazos sujetándome era extrañamente reconfortante. Volteé a mirarlo y vi que él también me miraba. Tenía la misma expresión de nostalgia y tristeza que había mostrado momentos antes en su auto.
—Bueno, Steph —dijo con amargura—, creo que es todo.
Yo asentí con tristeza, entendiendo el verdadero significado que había detrás de esas palabras. Alex no se refería a que era todo por ahora, lo que quería decir en realidad es que ése era el final. Ya no volveríamos a ser amigos ni a bromear ni a intercambiar sonrisas No volvería a tenerlo tan cerca, no al menos del modo en que lo habíamos hecho hasta entonces. A partir de ahora, sería solamente mi compañero en clase de Ciencias, un estudiante más en el colegio, como todos los demás.
—Cuídate mucho, ¿sí? —nuevamente asentí, con un terrible nudo en la garganta.
Quería decirle lo importante que se había vuelto para mí en tan pocos días, quería que él también reconociera el vínculo especial que existía entre nosotros. Quería decirle tantas cosas que terminaron quedándose atascadas en mi boca.
Alex besó mi mejilla y cuando sus labios se posaron sobre mi piel, una lágrima resbaló sobre mi mejilla sin que pudiera detenerla.
―No estés triste ―dijo tratando de sonreír―, seguiremos viéndonos en la escuela.
―Sabes que no será lo mismo ―repuse en medio de un suspiro.
―Lo sé, pero es mejor así.
Entonces la puerta de mi casa se abrió y el rostro de mi madre apareció en el umbral.
―¿Steph? ―preguntó extrañada―. ¿Saliste temprano? Veo que trajiste a Alex ―sus ojos se posaron en mi pie derecho, envuelto en vendajes―. Por Dios hija, ¿qué te pasó?
―Tuve un ligero accidente en la escuela, nada de qué preocuparse. Alex se ofreció a traerme a casa ―añadí mirándolo.
―Buenas tardes, señora Jensen ―saludó el aludido―. No se preocupe, su hija está bien. Sólo le recomendaron reposo y por eso la traje.
―Eres muy amable, Alex, te lo agradezco ―entonces su mirada volvió a mí y a mi pie vendado―. ¿Se puede saber cuál fue ese accidente que tuviste?
―Te respondo lo que quieras, mamá, pero ¿no crees que sería mejor hablar adentro y no aquí afuera? ―dije en medio de una mueca de dolor, ya que el pie comenzaba a molestarme.
Mi madre se apartó de la puerta y entonces Alex me ayudó a entrar a la casa. Apoyándome en él, logré llegar a la sala y me derrumbé sobre el sofá más cercano.
―Paula, ¿quién llegó?
Una voz familiar habló desde la cocina. Una voz que tenía tiempo sin escuchar y que me hizo evocar viejos tiempos, metida en la cocina con la cara y el cabello llenos de harina, cocinando galletas en medio de risas.
―Es Stephanie, madre. Al parecer salió temprano del colegio.
―¿Stephanie? ¡Qué gusto, me muero por saludarla!
Una amplia sonrisa se formó sobre mi rostro cuando vi a mi abuela salir de la cocina. Llevaba una humeante taza de té en las manos y cuando entró a la estancia, la misma sonrisa de felicidad se formó en su rostro, surcado de arrugas.
Me levanté, a pesar del dolor punzante que cubría mi tobillo y la abracé. Al aspirar su peculiar aroma a vainilla y rosas, me di cuenta de lo mucho que la extrañaba. Tenía varios meses que no la veía porque ella vivía algo lejos, pero ahora que estábamos juntas de nuevo, parecía que el tiempo no había pasado.
―Abuela ―saludé aún sonriendo―, ¿por qué no nos dijiste que venías de visita?
―Quería sorprenderlos, cariño ―respondió besando ambas de mis mejillas.
Entonces se fijó en el chico que había a mi lado y su semblante cambió por completo. Su boca sonriente tomó la forma de una mueca de horror y sus ojos, llenos de bondad y pureza, se convirtieron en dos huecos paralizados por el pánico.
―No... no es posible ―exclamó con la respiración entrecortada―. ¡No puedes ser tú! ―añadió señalando a Alex con el dedo.
―¿Abuela? ―pregunte sin entender absolutamente nada.
―Tranquilízate, madre ―dijo mamá con la misma confusión en la voz―. Es sólo un amigo de Stephanie, Alexander.
―No, no... ―respondió mi abuela, mirando a Alex completamente aterrorizada―. ¡Tú no eres un amigo! Largo, ¡largo de aquí!
―Abuela, cálmate por favor.
―¡Vete, vete! No regreses nunca por aquí ni te acerques a nadie de la familia.
―Madre, estás siendo muy grosera con él.
―¡Fuera de aquí! ¡Vete y jamás regreses!
Busqué con la mirada a Alex para intentar disculparme por la actitud tan extraña de mi abuela, pero entonces me di cuenta de que ya no estaba en la sala. Miré por la ventana y vi al deportivo negro abandonando la acera.
―Abuela, ¿qué pasa?
Lo que acababa de suceder era lo más extraño que había visto hasta entonces. De la nada mi abuela había corrido a Alex a gritos de mi casa y se había portado de una manera que jamás había mostrado. ¿Acaso mi abuela conocía a Alex desde antes? Eso simplemente era imposible, ¿de dónde podría conocerlo? Y en dado caso de que así fuera, ¿por qué lo había tratado así?
Recordé las palabras que Alex había mencionado anteriormente: "Yo no soy bueno para ti". ¿Tendría eso algo que ver con la reacción de mi abuela? En ese momento ya no sabía absolutamente nada, de lo único de lo que estaba segura era de que algo muy raro estaba sucediendo. Algo que yo ignoraba.
—Abuela, ¿qué es lo que te pasa? —repetí completamente confundida.
—Escúchame bien, Stephanie —respondió ella, con la mirada aún llena de miedo y preocupación—. Aléjate de ese chico, no vuelvas a traerlo a la casa y mantente alejada de él.
—¿Pero por qué? ¿Qué es lo que pasa con Alex?
—Paula —añadió dirigiéndose a mi madre—, no dejes que ese chico se acerque a Stephanie ni a nadie de la familia, no lo dejes, por favor.
—Madre —respondió mamá, igual de consternada que yo—, Alexander sólo es un amigo de Stephanie y hasta ahora se ha portado muy amable, no veo razón para...
—Háganme caso, ese chico no es lo que parece, deben mantenerse alejadas de él.
—Abuela, no entiendo nada, ¿por qué dices que...?
—Paula, ¿aún tienes el libro que te di hace tiempo?
—¿Qué tiene que ver eso ahora?
—Respóndeme, ¿aún lo tienes?
—Sí, pero no entiendo qué tiene que ver con que...
—¿Podrías traerlo?
—¿Pero qué...?
—¿De qué libro están hablando? —pregunté, aún más confundida que antes.
—Trae el libro hija, por favor.
—Espera —mi madre hablo en un susurro bajo perfectamente audible—. No me digas que todo esto tiene que ver con tus leyendas antiguas —añadió viendo a mi abuela, llena de escepticismo.
—Trae el libro, por favor —fue todo lo que ésta respondió.
—¿Alguien puede explicarme de qué se trata todo esto? —pregunté con frustración mientras me derrumbaba de nuevo sobre el sofá. El pie había comenzado a dolerme de nuevo y tener la cabeza llena de dudas que parecían no tener respuesta alguna no ayudaba en lo más mínimo.
—Te explicaré todo en un momento —la voz de mi abuela volvía a sonar tranquila, aunque aún tenía cierto tono de angustia—. En cuanto tu madre traiga lo que le pedí.
Mamá resopló con resignación y salió de la habitación, para regresar pocos minutos después trayendo un libro que yo jamás había visto. Cuando lo depositó sobre el regazo de la abuela, pude ver que se trataba de un libro viejo; las tapas, cubiertas de piel, estaban gastadas y cuando lo abrieron, noté que las hojas eran amarillentas y de un papel muy fino. Yo calculé que como mínimo, aquel libro debía tener unos cien años.
—¿Qué es eso?
—Un viejo libro de leyendas —respondió mi madre, encogiéndose de hombros.
—Leyendas antiguas, sobre la época de la quema de brujas —puntualizó mi abuela.
"Quema de brujas". Recordé la conversación que había tenido lugar el día que Alex vino a comer a la casa, cuando mamá nos contó sobre nuestros antepasados que supuestamente tuvieron que ver con la quema de algunas brujas y como al parecer, desde aquel momento, la actitud de Alex hacia mí cambió completamente.
—No me equivoco al pensar que jamás lo has abierto, ¿verdad? —le preguntó a mi madre.
—No, no lo he hecho. Sabes bien que no creo en esas cosas.
—Y es por eso que no te he contado tantas cosas —dijo mi abuela en medio de un suspiro—. En fin, confío en que la mente de Stephanie sea más abierta que la tuya y crea en lo que le voy a decir.
—¿Entonces eso es? —preguntó mi madre, incrédula—. ¿Por eso corriste así al amigo de Steph? ¿Por cosas que hay en un libro viejo?
—Un libro puede decir más cosas de las que crees.
—Basta, si vas a empezar con tus fantasías mejor me voy. Allá tú si quieres llenarle la cabeza a mi hija con cosas que no existen.
Miré cómo salía de la sala, exasperada, y después miré a mi abuela. ¿Brujas, leyendas y fantasías? Mi mente estaba hecha un desastre, ¿de verdad mi abuela había corrido a Alex de la casa sólo por una leyenda?
—¿Puedes explicarme de qué se trata todo esto? —pregunté a mi abuela por milésima vez.
—Dime Stephanie, ¿conoces la historia de nuestra familia?
—¿Qué tiene que ver eso con...?
—Contéstame, ¿la conoces?
—Sólo algunas cosas que mamá me ha dicho —respondí tratando de recordar—. Según ella, tú le contaste que tuvimos antepasados que vivieron en Salem durante la quema de brujas.
—Así es. ¿Sabes acaso cual era el nombre de nuestra familia en ese entonces?
—Creo que era Black —dije no muy segura.
—Bien. Si sabes eso, entonces creo que el libro responderá a todas tus preguntas.
Después de decir eso puso el libro sobre mis piernas y se levantó.
—¿Qué significa todo esto? —pregunté, aún sin entender.
—Si tu mente es más abierta que la de tu madre, encontrarás todas las respuestas en el libro.
—¿No puedes explicármelo tú?
Se escuchó el sonido de la puerta de entrada y momentos después, mi hermano entró en la sala.
—¿Cómo estás? —me preguntó sin percatarse aún de la presencia de mi abuela—. Me dijeron que tuviste un accidente.
—Estoy bien, Chris —respondí cansinamente—. Sólo me torcí el tobillo no hay necesidad de tanto drama.
—¿Segura que sólo fue eso? ¿No hay esguince, desgarre, contusión muscular o algo parecido?
Yo reí ante la pregunta. Mi buen hermano Christian, siempre sacando su lado médico cuando se necesita.
—Estoy bien —repetí—. Sólo fue el golpe de la caída, es todo.
—¿Cuál fue el diagnóstico? —inquirió levantando una ceja. De repente sentí que estaba en una consulta médica en lugar de estar hablando con mi mellizo—. La enfermera de la escuela no me da mucha confianza.
—Tu hermana está bien —intervino mi abuela con una sonrisa, haciendo que Chris notara finalmente su presencia—, sólo necesita descansar un poco. Ahora, ¿por qué no vienes y me das un abrazo? —añadió extendiendo los brazos hacia mi hermano.
Él se sorprendió al verla, pero su rostro esbozó una sonrisa y corrió a estrechar a la abuela entre sus brazos.
—Abuela, qué gusto verte. No te veíamos desde hace mucho.
—Lo sé, querido —respondió ella, besando su mejilla—. Mírate nada más, cómo has crecido.
—No ha sido tanto.
—Por supuesto que sí, estás tan grande y apuesto —dijo examinándolo con la mirada—. Debes de tener muchas chicas detrás de ti.
Christian rió ante el comentario.
—Creo que la edad comienza a afectarte.
—No le digas esas cosas abuela, o se las va a tomar en serio —dije entre risas.
—Ay mi hermana, tan graciosa como siempre —respondió mi hermano, con la voz cargada de sarcasmo—. ¿A qué debemos el honor de tu visita? —preguntó a mi abuela, mientras ambos se sentaban. Ella en el asiento vacío junto a mí y él en el sofá situado justo enfrente.
—Se lo deben al hecho de que extrañaba mucho a mi familia, tenía mucho tiempo de no verlos.
—¿Ya llegó Christian? —preguntó la voz de mi madre desde la cocina—. Creo que escuché su voz.
—Aquí estoy, mamá —respondió el aludido en voz alta—. Acabo de llegar.
—Genial —dijo ella apareciendo de nuevo por la puerta de la cocina—. No te molestará ayudarme a poner la mesa, ¿verdad?
—Ya qué —Chris se encogió de hombros y se levantó para ayudar a mamá.
—¿Te quedas a comer? —preguntó mi madre a mi abuela.
—Claro que sí, con todo gusto.
Después de que mi hermano terminara de ayudar a mamá, me ayudó a levantarme y, a pesar de mis protestas, me llevó cargando hasta el comedor, sentándome en el asiento contiguo al suyo. No paramos de conversar durante la comida ni de contarle a la abuela todo tipo de cosas, desde lo que habíamos hecho en las últimas vacaciones hasta lo que planeábamos hacer terminando nuestro último año escolar. Todos estábamos muy felices por la sorpresiva visita de la abuela y sin embargo, había un pensamiento en mi cabeza que no dejaba de atormentarme: el antiguo libro familiar de leyendas. La imagen de Alex abandonando mi casa furtivamente, obligado por los gritos de mi abuela invadía constantemente mi memoria y no podía parar de cuestionarme la causa de aquello.
Después de comer nos dirigimos nuevamente a la sala, donde continuamos platicando y bromeando con la abuela hasta que llegó la hora de que ella se fuera, no sin antes prometernos que volvería pronto y que incluso pasaría una temporada en nuestra casa.
Tenía la intención de tirarme sobre el sofá y comenzar a hojear el libro que la abuela me había dado, cuando mi hermano se tumbó a mi lado y comenzó a interrogarme sobre mi accidente.
—¿Y desde cuándo eres porrista? —preguntó aguantando la risa después de que le contara el incidente de la pirámide.
—Nunca lo he sido, ¿de acuerdo? —respondí fulminándolo con la mirada—. Tal vez es por eso que ésto —añadí señalando mi pie envuelto en vendas— fue lo que pasó.
Christian estalló en carcajadas.
—La verdad no te imagino dando maromas y agitando pompones. Hubiera pagado por ver eso.
—Fue lo más ridículo que haya hecho en la vida. Cuando pueda caminar como la gente decente juro que Alyssa pagará por esto.
—Es que —preguntó aún riendo— ¿en qué estabas pensando, hermanita querida, cuando hiciste semejante tontería?
—Simplemente no pensé. Todo es culpa de Alyssa —refunfuñé.
—Alyssa no te puso una pistola en la cabeza para obligarte a hacerlo —puntualizó sin parar de reír.
—¿Quieres ya dejar de reír de una vez? —dije lanzándole un cojín del sofá justo a la cara.
—Ya ya, no te enojes —respondió atrapando el cojín en una clara demostración de sus reflejos de jugador de fútbol americano—. No vaya a ser que a la próxima me pegues con tus pompones —añadió estallando nuevamente en carcajadas.
—Eres un niño Christian —espeté enojada cruzándome de brazos—. Mejor has algo útil y ayúdame a subir a mi cuarto.
—Ya no se enoje señorita —dijo a la vez que se levantaba y me tomaba nuevamente en brazos.
—Te dije que me ayudaras a subir, no que me llevaras cargando.
—Tienes que mover ese pie lo menos posible, así que te aguantas y dejas que te cargue hasta tu cuarto.
—No soy un bebé.
—A veces lo pareces.
Golpeé levemente su hombro.
—Cállate y pásame ese libro —señalé el libro que había dejado en la mesita de té antes del interrogatorio de mi hermano.
—¿La nena necesita su libro de cuentos para dormir? —estalló en risas nuevamente a la vez que tomaba el libro señalado.
—Bájame ya —espeté pataleando en un intento de que me soltara.
—Ya pues, no te enojes. Sabes que es divertido molestarte.
—Para mí no lo es.
—Pero para mí sí y como yo soy el que te está cargando tienes que aguantarte.
—Eso es injusto.
—Eso es lo que te pasa por sentirte porrista.
Y continuó riendo mientras me llevaba a mi habitación. Después de que me revisó el pie miles de veces y se aseguró por sí mismo de que no tenía nada grave, me dejó sola y se fue a ver la televisión a su cuarto.
Miré el libro que Chris había dejado a los pies de mi cama antes de irse. Lo tomé nuevamente y lo examiné. Era un libro no muy grueso, pero sí bastante viejo. Forrado con piel, las pastas estaban desgastadas y las orillas comenzaban a desprenderse. Lo abrí y comencé a hojearlo, las hojas eran amarillentas y de un papel delgado, la tinta comenzaba también a desgastarse pero continuaba siendo bastante legible; pude ver que contenía varias imágenes impresas, imágenes de retratos antiguos y pinturas viejas. Comencé a leer las primeras páginas, páginas que narraban la supuesta historia de las brujas y cómo muchas de ellas, antes de ser quemadas, juraron venganza sobre aquellos que las habían condenado. La introducción contaba que muchas habían sido atrapadas injustamente, pero muchas otras en realidad resultaron ser auténticas brujas que tenían tratos con el demonio y seres oscuros.
Leyendo un poco más, me di cuenta de que el libro contaba la historia de aquellas brujas auténticas que juraron vengarse a través de sus tratos con seres del infierno, historias que a mi modo de ver no eran más que leyendas contadas para asustar a las personas y que habían permanecido cumpliendo su misión a lo largo de generaciones a través de aquel libro.
No entendía qué era lo que tenía que ver todo aquello con el miedo que mi abuela sintió por Alex, menos aún podía entender que ella creyera en esos absurdos relatos sobrenaturales. Era simplemente ridículo que pensara que Alex estuviera involucrado con esos asuntos de las brujas, y pensando en todo aquello llegaron a mi memoria sus palabras: "Yo no soy bueno para ti". ¿Cuál era el verdadero significado de aquellas palabras?
Solté un bostezo enorme y me di cuenta de que estaba demasiado cansada para pensar en todas esas cosas que inundaban mi mente. Cerré el libro y lo coloqué en el mueble que estaba junto a mi cama, antes de cerrar los ojos y entregarme a un sueño profundo esperando que todas las incógnitas se resolvieran al día siguiente.
—Insisto en que debiste quedarte hoy en casa.
—Christian, por favor, no empieces —reclamé con el mismo tono de fastidio que había usado durante toda la mañana—. Tú mismo dijiste que mi pie ya estaba bien.
—Aún así, tal vez debiste quedarte por si acaso.
Fulminé a mi hermano con la mirada mientras ambos caminábamos por los pasillos del colegio. Aquella mañana, Chris se había opuesto rotundamente a que viniera a clases alegando que mi pie aún necesitaba reposo. Pese a que al examinarlo no le notó nada malo, argumentó que si me esforzaba demasiado podía volver a lastimarse e inflamarse. Yo me negué por completo diciendo que ya estaba bien y que incluso ya podía caminar. Era cierto que aún me dolía un poco, pero no tanto como el día anterior. Después de una larga discusión en la que tuvo que intervenir mi madre, convenimos en que no estaba tan grave como para faltar a la escuela y a pesar de sus reclamos, a mi hermano no le quedó más remedio que aceptar y traerme al colegio.
—Eres una necia, Stephanie. Al rato que se te hinche el pie y no puedas ni caminar no me vengas a buscar.
—No va a pasarme nada, ¿de acuerdo?
Él rodó los ojos y reí ante la mueca que acababa de hacer.
—Por eso te quiero, hermano —añadí abrazándolo por los hombros—. Porque eres un sobreprotector empedernido.
No tardamos en encontrarnos con Aly y Adrienne. Las dos se me fueron encima en cuanto me vieron y me bombardearon con preguntas sobre lo que había pasado después de que abandoné el gimnasio con la señorita Watson. La profesora les había contado que Alex me había llevado a mi casa y ambas estaban sumamente sorprendidas por eso. Habían ido a buscarme a mi casa mientras yo dormía, pero como mi madre les dijo que necesitaba descansar no insistieron y decidieron esperar a hoy para que les contara todo.
No quise contarles lo que Alex me había dicho en su auto y mucho menos la reacción de mi abuela al verlo. Quería desentrañar todo aquel misterio antes de contárselo a alguien así que solamente me limité a decirles que entre Alex y yo ya no habría ni siquiera una amistad. Ambas me interrogaron sin parar pero como vieron que no quise ahondar mucho en el tema decidieron dejarlo por la paz.
La mañana transcurrió de lo más normal y como hacía un lindo día, salimos a tomar el almuerzo en una de las mesas que había en el exterior. Bromeábamos sobre el hecho de que mi hermano terminaría volviéndose chica si continuaba juntándose tanto con nosotras ahora que no le hablaba a Diego cuando una voz habló a nuestras espaldas:
—¿Disculpen?
Todos volteamos la mirada y nos encontramos observando a una chica. Era alta, delgada y con la piel bastante pálida. Su cabello negro le caía por los hombros hasta su espalda y un pequeño flequillo le ocultaba el lado izquierdo del rostro. Su rostro era largo y anguloso, con una nariz recta y unos oscuros ojos negros que nos miraban de una manera algo intimidante. Llevaba una chamarra de cuero negra, pantalones ajustados de mezclilla y unas largas botas negras de tacón alto que le llegaban a la rodilla. Sus delgados y bien contorneados labios formaron una extraña sonrisa al mirarnos, dándole un aspecto bastante hermoso pero a la vez frío a sus facciones y cuando habló de nuevo, pude notar que su voz era igualmente fría y extrañamente vacía, como carente de sentimientos:
—¿Saben si aquí estudia Alexander Slade?
—¿Alexander? —preguntó mi hermano, sin dejar de mirar a la chica que teníamos enfrente.
—Sí, Alexander Slade. ¿Saben si estudia aquí? ¿Lo conocen?
—¿Para qué lo buscas?
No sabía por qué, pero la llegada de aquella desconocida me inquietaba. Había algo en ella que no me gustaba en lo más mínimo y me intrigaba la idea de qué podría querer ella con Alex. No pude evitar notar que tenía un cierto parecido con él, tal vez su tono de piel o el aire de misterio que los envolvía. Había algo en ella que Alex también tenía, pero no supe identificar qué era.
—Entonces sí lo conocen.
—Lo conocemos —asentí—. ¿Para qué lo buscas?
—Eso es asunto mío.
No dijo más y dio la media vuelta, alejándose de allí y adentrándose en el cuerpo estudiantil, mientras atraía las miradas de la mayoría de los chicos, incluida la de Christian.
—Vaya chica —dijo él, aún sin retirar la mirada de ella.
—¿Quién será? —preguntó Adrienne, igual de intrigada que yo.
—¿Será hermana de Alex? —aventuró Aly.
—¿Su hermana?
—No me dirás que no se parecen un poco.
—No recuerdo que Alex mencionara tener una hermana —dije más para mis adentros que para los demás.
La verdad era que Alex nunca había hablado directamente sobre su familia. Lo único que me había dicho era que había nacido en Salem y después se había mudado a Inglaterra. Nunca había mencionado a sus padres o algo parecido y yo nunca me molesté en preguntarle.
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