Crónicas De Un Amor Condenado. Capítulo 6

Autor: StephSalvatore | viernes, 11 de noviembre de 2011



—¿Qué le pasa a Alex? —preguntó Aly cuando salíamos de la clase, hora y media después.
—¿A qué te refieres? —respondí intentando fingir un tono de indiferencia.
—No me digas que no notaste que estaba demasiado extraño. Vi el modo en que te saludó, bastante huraño a decir verdad.
—No me di cuenta.
—Steph, por favor —exclamó en su últimamente habitual tono de exasperación—. Claramente te diste cuenta y no me digas que no.
—Bueno sí —suspiré resignada—. Sí lo noté.
—¿Le hiciste algo? —preguntó Adri.
Yo la miré extrañada.
—¿Y por qué tendría que haberle hecho yo algo a Alex?
—No lo sé —ella se encogió de hombros—. Pero algo tuvo que pasar para que se comporte de esa manera.
—A lo mejor tiene doble personalidad —bromeó Aly.
—O tal vez no le gusto la comida de mamá, Steph —dijo mi hermano entre risas.
Todos reímos con su comentario y los chicos que pasaban a nuestro lado nos lanzaron una mirada extraña.
—Eso también podría haber sido —añadió Adri aun riendo.
—Si mamá es la culpable de que Alex me odie tendré una seria conversación con ella —dije soltando una risotada.
Continuamos riendo y entonces choqué bruscamente con alguien. Levanté la mirada y allí estaban esos ojos azules, mirándome.
—Alex… lo siento…—susurré débilmente.
Él me miró por un momento con esa mirada dulce que solía tener, pero después se volvió fría como la que había mostrado en la clase y cuando habló, lo hizo con el mismo tono frío y áspero.
—No te preocupes.
Y sin decir más palabras, continuó su camino por el pasillo.
—Ese tipo es raro —dijo Chris mirando la espalda de Alex mientras éste se alejaba—. Ayer que lo conocí me cayó bien pero ahora parece otra persona —añadió con la voz llena de confusión.
—Creo que me inclino por la idea de la doble personalidad —dijo Aly.
Yo sólo suspiré y me encogí de hombros mirando el reloj que había sobre la pared. Faltaban cinco minutos para mi próxima clase: Ciencias. Genial. Tendría que pasar otra hora y media con el Alexander huraño que había visto hoy. Ilusamente guardaba la esperanza de que en Ciencias se comportara como siempre, aunque en mi interior algo me decía que eso no iba a pasar. Me despedí de los chicos y me dirigí al aula de Ciencias, inmersa en mis pensamientos.
¿Qué era lo que sucedía con Alex? ¿Por qué había cambiado tan repentinamente de un día para otro? La pregunta de Adrienne resonaba en mi cabeza, ¿acaso yo había hecho algo para que de ser el chico dulce y amable pasara a aquel extraño? ¿Por qué me trataba tan fríamente, como si fuera simplemente una estudiante más que él se encontrara por los pasillos? Y lo más importante, ¿por qué me importaba tanto? Alexander Slade era un chico al que había conocido hace apenas unos días, ¿por qué me dolía tanto su frialdad? La respuesta la conocía muy bien, pese a no querer admitirlo.
Tenía la ilusa sensación de que Alex y yo habíamos desarrollado un vínculo especial. Pese a que prácticamente era un extraño para mí, yo sentía que entre los dos había una especie de conexión, una conexión que creía él también sentía. A pesar de no querer admitirlo, me dolía la idea de que esas sensaciones fueran equivocadas. De alguna manera, se me había metido a la cabeza la idea de que Alex se diera cuenta de lo que sentía y por eso se estuviera alejando de mí. Mi cabeza y mi interior eran un mar de confusión, un rompecabezas cuya respuesta parecía estar muy lejos de mi alcance.
Entré al aula de Ciencias y lo primero que noté fue que Alex ya estaba sentado en su lugar, con la mirada fija en algún punto del escritorio de la profesora, situado justo enfrente. Ni siquiera volteó cuando entré al salón y no dio muestras de haber notado cuando ocupé el lugar vacío junto a él.
Lo miré, esperando que me dijera algo, mínimo que diera muestras de notar mi presencia, pero él solamente tenía los brazos cruzados sobre su regazo, con la mirada fija en el escritorio de la profesora. Mis ganas de hablar con él sobrepasaron a mi orgullo y me obilgaron a mirarlo levemente.
—Hola —susurré tímidamente.
—Hola —respondió en el mismo tono seco que odiaba, sin voltearme a ver siquiera.
Muy bien, parecía que su actitud hostil continuaría también en clase de Ciencias, así que suspiré resignada y me crucé de brazos, esperando que la clase comenzara.
Durante toda la hora intenté concentrarme en la profesora, tomando apuntes de todo lo que decía y alejando mi mente de Alexander, pero de algún modo mis ojos siempre terminaban desviándose hacia el chico hostil y frío que tenía a mi lado. El timbre sonó y Alex simplemente recogió sus cosas y salió del aula antes que todos, sin dirigirme siquiera una insignificante mirada.
No pude evitar sentirme herida de nuevo, ¿qué rayos era lo que el pasaba a Alex? Comenzaba a hacerme a la idea de olvidarme del chico lindo y dulce que había conocido y resignarme a la hostilidad.
Pasó una semana y la actitud de Alex conmigo no había cambiado en absoluto. Apenas me había dirigido unas cuantas palabras y cuando lo hacía, siempre tenía ese horrible tono seco y frío en la voz. Intenté fingir que en realidad no me importaba, pero no estaba segura de si estaba haciendo un buen trabajo. La verdad era que por más inexplicable que fuera, la hostilidad de Alex me lastimaba.
Una mañana, mientras caminaba por los pasillos, me preguntaba si tendría que olvidarme de los momentos lindos que había pasado con él cuando me topé de frente con la señorita Watson, la profesora de Deportes.
—Profesora... —musité débilmente—, disculpe iba distraída.
—No te preocupes, Stephanie —respondió con su habitual sonrisa llena de jovialidad.
La señorita Watson era la profesora más joven del instituto. Tenía un cuerpo atlético envidiable y una condición física que todas las chicas le envidiaban. Líder del grupo de porristas, inspiraba confianza a todos los estudiantes y si alguien necesitaba algún consejo, generalmente acudían con ella. Más que una profesora, daba la impresión de ser una alumna universitaria por la que todos sentían admiración.
—¿Ibas al gimnasio? —preguntó sin perder su sonrisa perfecta—. Yo también iba para allá, podemos ir juntas.
—¿Al gimnasio? —la miré sin entender.
—Sí, a la audición para entrar al equipo de porristas —explicó ante mi mirada de confusión.
—¿Audición? no... Yo no...
—Según mi lista —añadió observando unas hojas que llevaba en la mano—, te inscribiste para audicionar como porrista, y la audición comienza dentro de poco, en el gimnasio.
¿Qué? ¿Que yo, Stephanie Jensen, me inscribí como porrista? Nada en el mundo sonaba tan loco como eso. Yo no era una aficionada a los deportes y menos a la gimnasia, ¿cómo era posible que pretendiera audicionar para porrista?
—Debe haber un error —dije con calma.
La profesora negó con la cabeza, pasando la mirada nuevamente por la lista que sostenía.
—Me temo que no, tu nombre está escrito justo aquí.
Extendió la hoja hacia mí y en efecto, allí estaba mi nombre escrito con una letra que conocía a la perfección, debajo de otros dos que me eran demasiado familiares. De repente todo encajó.
—Oh sí, disculpe me olvidé de la audición —dije con un fingido remordimiento—. En un momento la veo en el gimnasio.
—De acuerdo Stephanie, allá te veo, suerte en las pruebas.
Y tras dedicarme otra de sus joviales sonrisas, la señorita Watson dio la media vuelta y se perdió por una esquina. Sin embargo, yo no fui al gimnasio. En su lugar me dirigí al aula de Álgebra y justo cuando llegué, me encontré con las 2 personas que esperaba ver, saliendo justo de ahí.
—¿Me pueden decir cómo es que terminé inscrita en las audiciones para porrista? —pregunté sin miramientos, con la voz llena de reproche.
Adrienne me miró confundida, pero Aly solamente soltó una risita y me dirigió una mirada infantil.
—Es obvio, ¿no? Alguien escribió tu nombre en la lista.
—¿Y se puede saber con permiso de quién me anotaste ahí?
—Con tu permiso, Steph.
—No seas ridícula, yo jamás me inscribiría para audicionar como porrista y lo sabes.
—Te pasas, Aly —dijo Adri entre risas—. ¿Metiste a Steph de porrista?
—Nos metió de porristas —corregí—. A las 3.
La expresión que adquirió la cara de Adrienne sin duda me habría hecho reír de no haber sido porque en esos momentos estaba muy molesta con Alyssa.
—¿Qué? Alyssa, ¿nos metiste de porristas?
Aly sólo asintió sonriendo.
—¿Eres una enferma mental, o qué? ¿Cómo se te ocurre semejante cosa?
—Vamos chicas, ¡ustedes dijeron que lo harían!
—Claro que no —dijimos Adri y yo al unísono.
—Claro que sí. ¿No recuerdan que hace dos años prometimos que en nuestro último año aquí nos meteríamos de porristas?
—Yo no me acuerdo de eso —dijo Adri con rotundidad,
De repente, la imagen de tres chicas ebrias jugando y bromeando en una pijamada invadió mi mente.
—Tu sí lo recuerdas, ¿verdad, Steph?
—Vamos, Aly, no puedes estar hablando en serio. ¡Lo decíamos de broma!
—Para mí no fue broma.
—¿De qué están hablando? —preguntó Adri, mirándonos a Aly y a mí con cara de confusión.
—Tú no te acuerdas porque eras la más ebria de las tres —explicó Aly.
—¿De qué se supone que me tengo que acordar?
—¿Te acuerdas cómo festejamos el cumpleaños de Aly hace dos años? —intervine.
Adri frunció el seño, intentando recordar.
—Creo que fuimos a una pijamada en casa de Aly...
—¿Y recuerdas qué hicimos allí?
—Creo... creo que dijimos que tendríamos nuestra primera borrachera...
—Así es —dijo Aly—. Eso dijimos. Llevamos botellas de contrabando sin que nuestros padres supieran y nos pusimos la borrachera de nuestras vidas, aunque tú te excediste.
—Yo no pude haber hecho eso —respondió Adri, con las mejillas ligeramente encendidas.
—Claro que lo hiciste. La mancha de vómito que dejaste sobre mi alfombra aún no desaparece del todo.
—Bueno, puede que tal vez me excediera un poco, pero ¿qué tiene eso que ver con que nos hayas metido de porristas?
—Esa noche, las tres prometimos que durante nuestro último año aquí nos meteríamos de porristas.
—¡Pero no era en serio, Alyssa! —espeté—, estábamos ebrias.
—Para mí si fue en serio. Tanto que ya nos anoté a las tres en la lista para audicionar.
—Pero yo no soy porrista —dijo Adri—, y Steph menos.
—Pues ya lo serán.
—No —dije negando con la cabeza—, lo siento Aly, pero no. No me voy a meter de porrista.
—Tampoco yo.
—¿Van a romper una promesa que hicimos juntas entre las tres?
—Una promesa que fue hecha en estado no conciente —puntualicé.
—Pero promesa, al fin —Aly nos abrazó a Adri y a mí—. ¡Ánimo, chicas! Será divertido.
Adri y yo nos miramos con escepticismo.
—Además —añadió Aly con malicia—, no pueden echarse para atrás. Su nombre ya está escrito en la lista y tienen que audicionar.
—Puedo fingir una caída y fallar —dijo Adrienne.
—No lo harás —Aly la fulminó con la mirada—. Vamos, chicas, por favor. Es nuestro último año, hay que hacerlo interesante.
—Alyssa, ¿sabes lo mucho que te odiaré por esto? —pregunté en medio de un resoplido de frustración. A Aly no se le podía decir que no, siempre terminaba consiguiendo lo que quería.
—Puedo vivir con tu odio el resto de mi vida —respondió encogiéndose de hombros y riendo.
—Qué bueno porque tendrás mi odio para siempre.
—Y el mío —añadió Adri.
—Bueno, bueno par de amargadas —la voz de Aly comenzaba a tomar cierto tono de fastidio—, si ya terminaron de regañarme, ¿podemos ir de una vez a la prueba?
Seguimos a Aly hasta el gimnasio con cara de resignación, ¿podría ser cierto que estuviera a punto de volverme porrista? Al parecer sí, y gracias a la insistencia de mi amiga no había marcha atrás. Las porristas siempre me habían parecido algo banal y superficial, nunca había sentido admiración por ellas como solían hacerlo la mayor parte de las chicas y mucho menos había sentido el menor interés por unirme a su mundo de plástico con sonrisas falsas. Tenía el ligero presentimiento de que me sentiría completamente fuera de lugar estando allí y mis sospechas se confirmaron cuando vi el gimnasio repleto de chicas tratando de ser perfectas. Estirándose y arreglándose el cabello, haciendo piruetas y deseándoles buena suerte a las demás. Definitivamente ese no era mi lugar.
—Creo que saldré de aquí —susurré.
—Creo que te acompañaré —Adri miraba alrededor con cara de asco. Era evidente que se sentía tan fuera de lugar como yo.
—Ah no, no lo harán —Aly nos jaló del brazo y fuimos a sentarnos a las gradas a esperar órdenes de la profesora.
Una vez que hubieron llegado todas las postulantes a porristas, la señorita Watson nos mostró una rutina que todas debimos repetir después. Para ser sinceros, me sentía bastante estúpida haciendo movimientos sincronizados y agitando pompones con fingido entusiasmo, pero esto era algo importante para Aly y debo admitirlo, yo por mis amigas soy capaz de todo.
Luego de que descalificaran a unas cuantas y ellas nos miraran con obvio rencor a las que íbamos quedando, la profesora nos dividió en grupos de cinco y nos mandó a hacer lo que mas odiaba de las porristas: las pirámides.
Mi equipo decidió que yo iría en la punta por alguna razón que no alcanzaba a comprender, pese a mis interminables pretextos de que iría mejor en la base debido a mi falta de agilidad. Como siempre, fui ignorada, así que cuando tocó nuestra demostración, hice gala como nunca de mi inevitable torpeza y cuando se suponía debía llegar a la punta de la pirámide, puse uno de mis pies donde no era y caí justo sobre mi otro pie, lastimándolo y derrumbándome sobre el suelo.
—¡Stephanie! —la señorita Watson corrió hacia mí en cuanto vio la pirámide caer.
—¿Estás bien? —mis amigas corrían hacia mí con cara de preocupación.
—Creo que sí.
Intenté ponerme de pie, pero una punzada en mi tobillo derecho me hizo tirarme de nuevo en el suelo. Miré el sitio donde había sentido el dolor y me di cuenta de que había comenzado a hincharse un poco.
—Por eso jamás quise ser porrista —murmuré en un tono bastante bajo que nadie pudo oír.
La profesora examinó mi tobillo y cuando lo hizo girar un poco, solté un leve gemido de dolor.
—Creo que te lo torciste —dijo mirándome—, deberíamos llevarte a la enfermería.
—Estoy bien, en serio.
Volví a tratar de levantarme, pero nuevamente mi tobillo me traicionó y volví a derrumbarme.
—Sí, se nota —dijo Adri con la voz llena de sarcasmo.
—Vamos a la enfermería, Stephanie —dijo la profesora en un tono autoritario—. Lo mejor es que te revisen ese tobillo.
A regañadientes acepté y la profesora me ayudó a incorporarme, dejando caer todo mi peso sobre ella.
—¿Puedes apoyarte en el otro pie?
Yo asentí y me apoyé sobre el pie izquierdo.
—Bien —volteó la cabeza hacia el grupo de porristas que nos miraban y se dirigió a ellas—, volveré en unos cuantos minutos para continuar con las pruebas, espérenme aquí.
Después me sujetó con fuerza por un costado y lentamente salimos del gimnasio hacia la enfermería. Allí me examinaron el tobillo y después de decidir que no había sido más que una torcedura, me lo vendaron y me recomendaron ir a casa para descansar un poco.
Los médicos nunca me habían agradado y estar en la enfermería me incomodaba, así que salí al pasillo a llamar por teléfono a Chris para que me fuera a buscar y me llevara a casa en el auto que mamá le había prestado esa mañana. Le marqué por teléfono varias veces pero nunca contestó. Fue entonces cuando recordé que estaba en medio de un examen de Cálculo, la materia que más trabajo le costaba y en la cual tenía que esforzarse al máximo para pasar el año. Estaba preguntándome a qué hora saldría de su examen cuando escuché una voz que me llamaba:
—¿Stephanie?
Giré la cabeza para ver quien me llamaba y para mi sorpresa allí estaba él, con sus hermosos ojos azules llenos de preocupación.
—¿Qué pasó? —Alex caminó hacia nosotras. Su voz no tenía el mismo tono seco y hostil de toda la semana, por el contrario, tenía un tono de preocupación y amabilidad que me hizo recordar al Alex que había conocido inicialmente. Sus ojos rápidamente se posaron sobre mi pie vendado.
—Un pequeño accidente durante la prueba de porristas —explicó la profesora.
Alex enarcó una ceja con incredulidad al oír la palabra “porrista”, pero después me miró y preguntó:
—¿Estás bien?
—Me caí, es todo —fue todo lo que dije.
Ahora sí estaba confundida, ¿por qué después de toda una semana ignorándome, súbitamente se interesaba de nuevo en mí? No podía negarlo: Alexander Slade era un misterio imposible de resolver.
—¿Necesitan ayuda? —preguntó al ver mi esfuerzo por mantenerme en pie y el esfuerzo de la señorita Watson por sostenerme.
—No hace falta…
Pero antes de que pudiera terminar la frase, él ya me estaba sujetando y cargando en sus brazos como si fuera una ligera pluma.
—No te molestes, Alex —dijo la profesora con amabilidad.
—En serio, no hace falta —repetí.
—En serio, no es molestia —respondió él, imitando mi tono de voz.
—Alexander, ¿puedo hacerte una pregunta?
Él volteó a ver a la profesora y asintió.
—¿Tienes alguna otra clase todavía?
—No. Todas mis clases de hoy ya terminaron —respondió negando con la cabeza.
—Entonces, ¿nos harías un enorme favor a Stephanie y a mí?
Oh no. Por favor, todo menos eso. No supe por qué, pero tenía el terrible presentimiento de que la señorita Watson estaba por pedirle a Alex que hiciera lo que Chris no podía hacer por estar atrapado en un examen de Cálculo.
—¿Podrías llevar a Stephanie a su casa? Necesita reposo y al parecer su hermano esta ocupado en este momento.
—Claro que sí, profesora —respondió Alex en un tono que no supe identificar, evitando mirarme mientras me sostenía en sus brazos.
—No es necesario, puedo esperar a Christian —dije rotundamente.
—Claro que no. Te ordenaron reposo y eso es lo que necesitas. Necesitas ir a casa y descansar.
—Pero…
—Por favor, Alexander ¿me harías ese enorme favor?
—Claro que sí —volvió a decir en el mismo tono extraño y se encaminó hacia la salida del colegio conmigo en brazos.
Me sentía bastante extraña en esa situación. Tengo que admitir que días antes me habría encantado el hecho de que Alex me llevara cargando en sus brazos e incluso me habría atrevido a recargar mi cabeza en su pecho; pero ahora, después de una semana de hostilidad y frialdad de su parte, me sentía incómoda.
Estúpidamente albergaba en mi interior la esperanza de que Alex volviera a ser el chico dulce y amable que llamó mi atención el primer día de clases, pero ya me había resignado a la idea de que esos momentos habían quedado en el olvido.
Ninguno de los dos pronunció una palabra mientras nos dirigíamos al estacionamiento. Un par de veces levanté el rostro y lo miré, pero al parecer él parecía más concentrado en ir caminando que por la chica que llevaba cargando.
Cuando llegamos a su auto, abrió la puerta con cuidado y me colocó en el asiento del copiloto, entonces nuestras miradas se cruzaron y me pareció ver en sus ojos azules ese destello infantil que tanto me gustaba, pero él rápidamente volteó el rostro y cerró los ojos. Se incorporó de inmediato y cerró la puerta.
—Si tanto te molesta llevarme, puedo esperar a mi hermano o ir yo sola a mi casa —dije en cuanto ocupó su lugar en el asiento del conductor.
Las palabras salieron solas de mi boca sin siquiera pensarlas. ¿Qué rayos pasaba con este tipo? ¿Por qué cuando me vio en el pasillo con la profesora se mostró preocupado y al siguiente instante mi sola presencia parecía molestarle?
—¿Disculpa? —me preguntó con la voz llena de sorpresa.
—Es obvio que te molesta tener que llevarme —traté de que mi voz sonara lo más indiferente posible—. No tienes porque hacerlo.
Sus ojos se fijaron entonces en mí. Ya no eran inexpresivos como lo habían sido en la semana, ahora estaban llenos de confusión y sorpresa.
—¿A qué te…
—Me queda bastante claro —continué—, que mi presencia te molesta. Toda la semana me lo has dejado muy claro. No te sacrifiques haciendo algo que no quieres.
Todo lo que me había guardado a lo largo de la semana estaba saliendo por sí solo, mi confusión y tristeza al notar el rechazo de Alex, el coraje que me provocaba el no saber por qué me trataba de ese modo, la frustración de no poder hacer nada al respecto… todo se mezcló y estalló en una furia de sentimientos encontrados que no pude contener.
Lo miré y el me devolvió la mirada. Después simplemente se limitó a negar con la cabeza y encogerse de hombros.
—No sé de qué hablas —dijo tajantemente mientras se ponía el cinturón de seguridad.
—Olvídalo —resoplé mientras intentaba abrir la puerta del coche.
—¿Qué haces?
—Esperaré a mi hermano. Tú puedes irte.
Continué jalando la manija de la puerta para darme cuenta de que estaba cerrado. Genial.
—Ábreme.
—No.
—Quiero bajarme.
—Tengo órdenes de llevarte a tu casa y eso es lo que haré —encendió el auto y salimos del estacionamiento.
¿Así que por eso se había “preocupado”? ¿Sólo porque se lo habían ordenado?
—Te libero de tus órdenes. Déjame bajar.
—No lo haré. Además ni siquiera puedes caminar.
—Claro que puedo.
Alex no respondió y se concentró en seguir conduciendo.
—Dime algo, Alexander —añadí, cruzándome de brazos—. ¿Te hice algo? —la pregunta que rondaba mi cabeza durante la última semana salió por sí sola de mis labios.
Él me miró sin comprender.
—Porque bueno —continué—, algo debí haberte hecho para que tu actitud conmigo cambiara tan radicalmente.
Esta era mi oportunidad. Quizás no volviera a tener otro momento así para hablar con Alex, así que decidí que era mejor aclarar las cosas de una vez por todas. Si le había hecho algo era hora de que me lo dijera. Estaba decidida a averiguar qué era lo que traía contra mí y no pararía hasta conseguirlo. Como él no respondió, continué insistiendo:
—¿Y bien? ¿Vas a decirme por qué de la noche a la mañana simplemente pasaste a ignorarme?
Como no volvió a responder, resoplé frustrada y miré por la ventana del auto, intentando pensar qué hacer para que me dijera lo que pasaba, pero después de unos instantes simplemente susurró:
—Es lo mejor, Steph.
Volteé a mirarlo y para mi sorpresa, su semblante era muy diferente a lo que había visto hasta entonces. No tenía la mirada fría ni ese aire de hostilidad, pero tampoco era el chico dulce y amable que conocí. Ahora, por el contrario, su mirada estaba cargada de una nostalgia que nunca había visto, su rostro parecía cansado, como si hubiera estado mucho tiempo sin dormir y al hablar, su voz estaba llena de amargura, de un tono seco, empapado de pesar.
—¿Qué?
Ahora era yo la que no entendía.
—Es lo mejor, Steph. Mantenerme lejos de ti.
—¿De qué estas hablando Alex? ¿Lo mejor para quién?
—Yo no soy bueno para ti, Stephanie.
—¿Y no crees que yo soy la que debería decidir lo que es bueno para mí y lo que no?
Entonces se detuvo frente a un parque y estacionó el auto. Puso los brazos sobre el volante y escondió la cabeza entre ellas.
—Tal vez —murmuró—. Pero en este caso no es así. Lo mejor para ti es que me aleje y tengas el menos contacto posible conmigo. Así estarás bien.
Una sombra de dolor cubrió su rostro al decir eso y me hizo darme cuenta de que yo no era la única a la que le dolía su actitud. Llegó a mi cabeza la loca idea de que le costaba hacerme a un lado tanto como a mí, y eso me hizo estallar, ¿por qué si no quería tratarme así lo hacía entonces? Necesitaba una explicación o de lo contrario el rompecabezas que ya sentía se revolvería aún más.
—¿Bien? ¿Tú crees que haciendo esto yo estoy bien? —él trató de hablar pero yo continué—: Pues déjame decirte, Alexander, que no estoy bien. Me duele que me trates así, aunque no lo creas.
Yo misma me sorprendí al escucharme, ¿acababa de decirle a Alex que me dolía sentirlo tan lejano? Aparentemente eso había hecho y mis mejillas rápidamente se sonrojaron al notarlo.
Alex me miró sorprendido y entonces sus ojos tomaron nuevamente ese brillo especial que los hacían parecer dos lagos reflejando el sol de verano. Se acercó un poco más a mí y acarició mi mejilla con suavidad.
—Puede que no me creas Steph —dijo con una voz suave—, pero a mi también me duele todo esto.
—¿Y entonces por qué me tratas así? ¿Por qué te alejas?
—Porque es lo mejor, ya te lo dije —continuó acariciando mi mejilla—. Yo no soy nada bueno para ti y mi presencia solo te lastimará —añadió con amargura.
—Me lastimas ahora.
—Prefiero eso a lo que pueda pasar después —dijo bajando la mirada con tristeza.
—¿A qué te refieres?
—Sé que no lo entiendes y que no lo entenderás, pero yo sé de lo que hablo —entonces me miró a los ojos y habló con determinación—. Me importas Steph, más de lo que piensas y odiaría que algo malo te pasara por mi culpa.
—No me pasará nada.
—Por favor no lo hagas más difícil, ¿sí?
—Pero…
—Por favor —continuó con tono suplicante—. Dejemos las cosas así. Es mejor que de ahora en adelante simplemente nos tratemos como a otro estudiante del colegio —de nuevo su voz sonaba nostálgica y llena de dolor—. Es duro y duele, pero es lo mejor.
—No cambiarás de opinión, ¿cierto? —el negó con la cabeza y yo suspiré resignada.
¿Por qué tenía tanto miedo de que algo me pasara supuestamente teniéndolo cerca? Su mirada me decía que todo esto le dolía tanto como a mí, ¿entonces por qué lo hacía? Había algo que no me estaba diciendo, algo que me ocultaba y al parecer jamás me lo iba a decir.
—Supongo que no me queda más remedio —dije con notoria tristeza.
—Créeme que es lo mejor. Steph —me miró a los ojos—, sé que sonará algo absurdo y egoísta pero… quisiera pedirte un favor.
—Dime.
—Me gustaría… me gustaría que jamás me olvidaras. Ni a mí ni a los momentos que pasamos juntos, aunque hayan sido pocos.
—Eso tenlo por seguro.
—Gracias.
Alex se inclinó hacia mí y juraría que tenía la intención de besarme. Nuestros labios estaban a muy pocos centímetros de distancia. Podía sentir su aliento sobre mi rostro, respirar su aroma, estábamos realmente cerca y entonces dio la impresión de arrepentirse y besó mi frente.
Volvió a encender el auto y nos dirigimos a mi casa, sin volver a intercambiar ni una palabra durante lo que quedó de camino. 

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