Stephanie, la típica chica normal que vive el último año de preparatoria antes de partir a la universidad. Grandes sorpresas la aguardan con la llegada de Alexander, un chico nuevo que inmediatamente se gana el corazón y la atención de todas las chicas del colegio, y el odio y la envidia de los chicos. Juntos, se verán envueltos en un romance lleno de peligros y emociones, todo provocado por la verdadera identidad de Alexander, que Stephanie desconoce, y el pasado de la familia de ella.
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Sólo soy una simple chica son sueños de convertirme en escritora. Esta es una historia original y sacada de mi imaginacion, cualquier historia parecida es una copia. Los personajes aqui utilizados para ilustrar la historia son simplemente con fines decorativos, la novela no tiene absolutamente nada que ver con la serie "The Vampire Diaries".
Crónicas De Un Amor Condenado. Capitulo 2
Autor: StephSalvatore | miércoles, 21 de septiembre de 2011
—¡Les dije que este año seria interesante! —Aly no había parado de hablar de Alexander desde que habíamos salido de la clase de Literatura.
—Es tan guapo.
—Es tan sexy.
—Es perfecto.
Los elogios y comentarios de admiración no cesaban entre las chicas. Las que estaban sentadas con nosotros en el almuerzo llevaban más de 10 minutos alabando cada detalle de Alexander. No paraban de dirigir su mirada hacia la mesa de la esquina, donde estaba él.
Estaba solo, comiendo con desgana. Casi todas las chicas en la cafetería miraban sobre su hombro para poder ver al chico nuevo, del cual ya corrían los rumores de que era un experto en Literatura. Por alguna razón, nadie se había atrevido a sentarse con él, tal vez por nervios o porque no querían parecer demasiado obvias, ninguna chica había hecho el intento de entablar conversación con él.
—¿Podemos cambiar de tema? —repetí por enésima vez.
—Steph, no digas que no te interesa Alex —me espetó Aly—. Todas nos dimos cuenta cómo lo mirabas mientras leían.
—Eso no es verdad. Lo que todas miraban era lo ajustado que le quedan los pantalones.
Todas rieron y voltearon a ver nuevamente a Alexander. Su actitud comenzaba a cansarme, el chico era en extremo apuesto y la verdad es que también a mí me gustaba, pero había extremos.
Recordé cuando besó mi mano, durante la clase y no pude evitar sonreír mientras acariciaba el dorso de mi mano. Gran error. Adrienne lo notó y comenzó a molestarme:
—Uy alguien recuerda un beso en la mano.
—No digas tonterías —me ruboricé un poco.
—Ay Steph que suerte tienes —intervino Aly—. Mira que Alex besara tu mano, creo que todas moriríamos por eso.
Todas las chicas en la mesa asintieron.
—Sólo fue un leve beso en mi mano —dije tratando de parecer que no me había importado en lo absoluto—. Nada del otro mundo.
En ese instante Alexander se levantó de la mesa donde estaba, captando las miradas de todas, y se dirigió a la puerta. Justo cuando iba a salir alguien lo detuvo: Diego y su bola de amigos se encontraron con él justo frente a frente y lo miraron con desprecio. No supe por qué, pero eso no me gusto para nada y caminé hacia la escena, todas me siguieron.
—Vaya, vaya, miren a quién tenemos aquí —la voz de Diego iba cargada con cierto tono de burla.
Alexander sólo se limitó a mirarlo sin decir nada.
—¡Pero si es el chico Shakespeare! —se burló uno de los amigos de Diego.
—Pero si son los jugadores sin cerebro —replicó Alexander, de lo más tranquilo.
—Mira qué graciosito nos saliste —respondió Diego—. ¿Crees que por ser el chico nuevo puedes venir a exhibirte y hacer lo que se te dé la gana?
—Es raro que hables de exhibiciones, cuando tú eres el que se pasea por los pasillos del colegio con un balón en las manos sólo porque crees que eso te hace mejor que los demás.
—Te crees la gran cosa, ¿no? —Diego dio un paso hacia delante hasta quedar frente a frente con Alexander, pero él ni siquiera se inmutó.
—No soy tú para hacerlo.
A esas alturas todos en la cafetería habían dejado lo que hacían para concentrarse en la escena que se estaba llevando a cabo en la entrada. Varios se habían arremolinado alrededor, ansiosos por ver cómo los humores se calentaban. Era evidente que Diego estaba buscando una pelea con Alexander, aunque también lo era el hecho de que éste no iba a ceder tan fácil.
—Diego, cálmate no es para tanto —Chris intervino, tratando de evitar lo que estaría por suceder.
Él siempre había sido el más sensato de los amigos de Diego, tenía el sentido de moral y de respeto que a Diego le faltaba y siempre era el que trataba de evitar que se metieran en problemas.
—Estoy calmado, Christian. Sólo quiero mostrarle al nuevo cómo son las cosas aquí.
—Hombre, no busques problemas en el primer día de clases.
—¿Problemas? No busco problemas, sólo quiero darle la bienvenida al colegio a nuestro querido Romeo.
El tono de malicia en la voz de Diego me hizo saber que no estaba bromeando. En serio tenía intenciones de golpear a Alexander. No supe por qué pero tenía que detenerlo, miré a mi alrededor en busca de alguien sensato que detuviera ese circo, pero todos estaban ávidos por ver como Diego le propinaba un puñetazo al chico nuevo. Al parecer, el único que quería evitar un pleito era mi hermano.
—¿Crees que vas a asustarme con esa actitud de bravucón? —Alexander soltó una carcajada y se cruzó de brazos, con los ojos fijos en los de Diego—. No tienes la menor idea de quién soy —añadió con una voz sombría que me erizó la piel—. Ni en un millón de años tendría miedo de alguien tan patético como tú.
Esta vez fue Diego el que se burló a carcajadas.
—¡Por favor! No eres más que un patético poeta que se siente la gran cosa tratando de llamar la atención de las chicas.
—Así que eso es, ¿eh? —Alexander se recargó sobre el marco de la puerta y soltó una risotada—. Tienes miedo de que alguien llegue a quitarte tu puesto de macho alfa.
Todos miramos a Diego. Era obvio que Alexander tenía razón y eso lo había enfurecido más de lo que ya estaba. Cerró los puños y cuando habló lo hizo con una voz cargada de odio.
—¡No juegues conmigo, Slade!
—Di en el clavo ¿verdad? —Alexander sonrió y después fingió que bostezaba—. Ahora, si me disculpas, tengo mejores cosas que hacer que perder mi tiempo con alguien como tu… emm… —hizo una pausa—. Disculpa, pero eres alguien tan insignificante en mi vida que ni siquiera me interesa conocer tu nombre.
Caminó con la intención de abandonar la multitud que se había formado alrededor de la escena, pero Diego lo jaló del brazo bruscamente y lo detuvo.
—¿A dónde crees que vas?
—¿A algún lugar donde no estés tú?
—Aún no he terminado contigo.
Diego hizo el intento de golpear a Alexander en el estómago, pero él fue más rápido y lo bloqueó con una llave, inmovilizándolo. Después lo aventó al piso con una fuerza y una rapidez asombrosas y Diego quedó allí tirado, sin saber exactamente lo que había pasado en menos de un segundo.
—No te metas conmigo, te lo advierto —fue todo lo que dijo Alexander ante el asombro de todos los que habíamos visto lo que acababa de suceder.
Un par de amigos de Diego se encaminaron hacia Alexander con los puños preparados, pero entonces, sin que supiera muy bien la razón del por qué lo hacía, me adelanté y me puse entre ellos, justo frente a Alexander.
—¡Basta! —exclamé, poniendo las manos al frente—.¡Deténganse, por favor!
—¡Quítate, Jensen! —dijo uno de ellos, llamado Thomas, con la mirada llena de furia.
—No. No dejaré que inicien una pelea aquí mismo.
—¡Quítate! No te metas en lo que no te importa.
—Oblígame —lo reté sin moverme de mi lugar.
Los dos chicos que tenía frente a mí dieron un paso hacia adelante, pero esta vez fue Christian el que se interpuso entre nosotros.
—¡No se metan con mi hermana!
—Entonces dile a tu hermana que deje de andar de metiche y se quite de ahí.
—No lo haré —dije decidida—. Si van a golpear a Alexander tendrán que golpearme a mí primero.
—No necesito que nadie me defienda —intervino Alexander—. Si quieren golpearme aquí estoy.
—Nadie va a golpear a nadie —exclamó mi hermano.
—¿Cómo puedes decir eso? —replicó Thomas—. ¡Viste lo que le hizo a Diego!
—Diego se lo buscó. Él lo provocó y fue quien quiso golpearlo primero.
—¿Es tu mejor amigo y no lo vas a defender?
—Nadie tiene por qué defenderme.
Diego se puso de pie, furioso y con el labio sangrando.
—¡Ven acá, Slade! ¡Ésta me la pagas!
—Diego, ¡basta ya!! —esta vez Aly fue quien habló y sujetó a su hermano del brazo—. ¿Quieres calmarte de una buena vez? Estás armando toda una escena.
—No voy a dejar que ese imbécil —señaló a Alexander— se vaya tan campante.
Chris se acercó a su mejor amigo y le habló en un tono de voz bajo:
—Diego, estás haciendo el ridículo, ya no te pongas más en evidencia.
Siendo su mejor amigo, había pronunciado las palabras mágicas. Si Diego algo odiaba era hacer el ridículo y era evidente que eso era lo que estaba haciendo en ese preciso instante. Cerró los ojos y después de respirar varias veces se dirigió a Alexander con furia:
—¡Te juro que me las vas a pagar!
El aludido simplemente sonrió y se encogió de hombros:
—Cuando quieras.
Después se dio la media vuelta y se alejó caminando por el pasillo.
Mientras caminaba al aula de Ciencias, no dejaba de pensar en la escena que había tenido lugar momentos atrás. Todo el colegio hablaba de lo sucedido: de cómo Diego se había enfrentado a Alexander, cómo él lo había dejado fuera de lugar en menos de un segundo y cómo Diego había jurado revancha.
A mí, en cambio, lo que me tenía inquieta era la razón del por qué había tratado de defender a Alexander. Apenas lo conocía hacía unas cuantas horas y las pocas palabras que había intercambiado con él habían sido fragmentos de un libro, no entendía por qué me había puesto en el medio de semejante pelea.
Cuando entré al salón, me senté en mi habitual mesa, frente al escritorio del profesor. Ésa era la única clase que tomaba sin mis amigas y generalmente compartía lugar con algún chico solitario que no encontraba quien lo aceptara consigo.
El resto de mis compañeros terminó de llegar y justo cuando la señorita Gray, la profesora de Ciencias, estaba por cerrar la puerta, llegó Alexander.
—Disculpe que llegue tarde profesora, no encontraba el salón.
—¿Usted es el chico nuevo, cierto?
—Así es —respondió con una sonrisa—. Alexander Slade para servirle.
—Por ahora disculpo tu retraso porque es tu primer día aquí, pero en adelante tengo que advertirte que no me gusta que mis alumnos lleguen tarde a la clase —lo reprendió.
—No se preocupe, tenga por seguro que mi intención no es llegar tarde de nuevo.
—Está bien —la profesora sonrió—. Soy la profesora Clarissa Gray, y ésta es la clase de Ciencias, bienvenido señor Slade.
—Muchas gracias, profesora.
La señorita Gray miró a la clase buscando un sitio libre para Alexander, y mi corazón dio un vuelvo cuando sus ojos se posaron en el asiento libre que había junto a mí, donde yo había dejado mi mochila. Miré rápidamente a mi alrededor y me di cuenta de que ése era el único sitio disponible en el aula.
—Puedes tomar asiento junto a la señorita Jensen —indicó con una mano el sitio vacío—. Ése será tu lugar de ahora en adelante.
Alexander caminó hacia mí y yo quité mi mochila del banco que había a mi lado, justo antes de que él lo ocupara. Le dirigí una mirada fugaz y el me sonrío con una leve inclinación de la cabeza. Yo le devolví la sonrisa y después ambos miramos a la profesora.
—Me da gusto verlos de nuevo chicos —ella sonrió a la clase—. Creo que no necesito recordarles que este es su último año, así que me gustaría que pusieran todo de su parte para cerrar este ciclo de la mejor manera posible.
Todos asentimos levemente.
—Ahora bien —prosiguió—, comenzaremos la clase de hoy con un tema fácil. Frente a ustedes tienen unas muestras de sustancias desconocidas —miré la mesa y me di cuenta de que había pequeños frascos con polvos de colores diferentes—. Lo que tienen que hacer es calentar un poco de la muestra en la flama y en base al color que adquiera la llama decirme qué elemento está presente en la muestra. Trabajen en equipo —añadió— y así terminarán más rápido. No olviden consultarme cualquier duda que tengan —dijo sonriendo—. Pueden comenzar.
Miré las muestras que tenía al frente y reí para mis adentros. Las ciencias eran mi punto fuerte, cosa que mis amigas no sabían porque no tomaban la clase conmigo, y esta clase era prácticamente pan comido. Escuché como a mi lado Alexander suspiraba y lo miré. Tenía la mirada puesta en los frascos de muestras y en su rostro perfecto había un ligero aire de frustración.
—¿Pasa algo? —pregunté tímidamente.
—Las ciencias no son mi fuerte —me miró y después rió—. No tengo idea por dónde comenzar.
—Pues… podrías comenzar por abrir los frascos —bromeé.
Él rió con mi comentario.
—Creo que no nos han presentado oficialmente. Me llamo Alexander —dijo en medio de una sonrisa perfecta que habría derretido a cualquiera.
—Eso ya lo sabía —dije entre risas.
—Y sin embargo yo sigo sin conocer tu nombre —sus ojos azules se clavaron en los míos—, hermosa Julieta.
Su comentario me hizo sonrojar, haciendo que desviara su mirada.
—Stephanie —dije con una sonrisa—. Stephanie Jensen.
—Hermoso nombre, al igual que tú.
De acuerdo, ahora sí que mis mejillas estaban por explotar. Ese chico me hacía sonrojar en extremo y de no haber estado en clase de Ciencias me habría pasado horas admirando sus hermosos ojos azules.
—Muchas gracias, Alexander —fue todo lo que pude decir.
—Puedes llamarme Alex, si quieres. Alexander suena muy largo.
Ambos reímos.
—Tienes una hermosa sonrisa Stephanie, como de un ángel —me miró sonriendo y yo no pude más que devolverle la sonrisa, completamente sonrojada.
—Puedes llamarme Steph, si quieres —dije imitándolo—. Stephanie suena muy largo.
Él soltó una de sus melodiosas risas y me guiñó un ojo.
—De acuerdo, Steph.
—Si ya terminaron de platicar —la voz de la señorita Gray sonó a nuestras espaldas—, pueden comenzar a trabajar.
—Lo siento profesora —dije apenada y comencé a abrir los frascos de muestras apresuradamente—. Sólo nos estábamos presentando.
—Déjeme recordarle, señorita Jensen —continuó en tono de reproche—, que usted es una de mis mejores alumnas. No haga que cambie la imagen que tengo de usted.
—No… lo siento profesora —dije atropelladamente—. Ahora mismo nos ponemos a trabajar.
La profesora fue a sentarse a su escritorio y yo terminé de abrir los frascos que faltaban.
—Lamento que te hayan regañado por mi culpa —la voz de Alex sonaba arrepentida.
—No te preocupes, no fue tu culpa. La señorita Gray a veces llega a ser algo estricta —añadí con una sonrisa. No quería que ese ser tan perfecto se sintiera mal por mi culpa.
—¿Entonces eres de sus mejores alumnas?
—Eso dice ella —asentí un poco apenada.
—Supongo que entonces no te importará ayudarme a pasar Ciencias, ¿o sí? —sonrió—. Como te dije esta materia no es mi fuerte.
—A diferencia de Literatura —puntualicé entre risas.
—¡Bah! No es nada —dijo haciendo un gesto con la mano—. Sólo me gusta leer, es todo.
La señorita Gray carraspeó molesta y ambos nos dimos cuenta de que nos observaba sobre el libro que estaba leyendo.
—Más vale que comencemos a trabajar o volverá a regañarte de nuevo.
—Sí, creo que es lo mejor —respondí con una ligera risa.
—Bueno, ¿podrías explicarme qué es lo que tengo que hacer? —me miró fijamente.
—En realidad es bastante simple.
Tomé una varilla que había sobre la mesa y después la introduje en uno de los frascos, haciendo que un poco del polvo que había en él se fijara a la varilla.
—Lo que tienes que hacer —expliqué, mirando a Alex con una sonrisa—, es tomar un poco de la muestra y después ponerla al fuego y ver el color que toma la llama.
Alex me ayudó a prender el mechero y después yo coloqué la varilla sobre la llama. Ésta lanzó unas chispas y después adquirió un tono violeta.
—Violeta —murmuró Alex, mirándome.
—Así es —asentí—. Ahora tenemos que ver qué elemento toma el color violeta y escribirlo en la hoja que nos dio la profesora.
—Violeta…
Alex frunció el entrecejo, sacó su libro de su mochila y comenzó a hojearlo.
—Violeta… se supone que ese color es del…
—Potasio —murmuré.
—Potasio… —repitió segundos después, corroborándolo con el libro—. Tienes la razón.
Yo me limité a sonreír.
—¿Cómo es que recuerdas eso? —me miró sorprendido.
—Del mismo modo en que supongo tú te sabes Romeo y Julieta al derecho y al revés —respondí con una ligera risa.
—¿Entonces estás diciendo que el libro de Química es tu favorito y sueles leerlo casi siempre? —su sonrisa era amplia y me miraba con un brillo especial en sus ojos, un brillo que lo hacían ver aún más hermoso de lo que ya era.
Yo reí ante su comentario.
—Romeo y Julieta también es mi libro favorito.
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