Stephanie, la típica chica normal que vive el último año de preparatoria antes de partir a la universidad. Grandes sorpresas la aguardan con la llegada de Alexander, un chico nuevo que inmediatamente se gana el corazón y la atención de todas las chicas del colegio, y el odio y la envidia de los chicos. Juntos, se verán envueltos en un romance lleno de peligros y emociones, todo provocado por la verdadera identidad de Alexander, que Stephanie desconoce, y el pasado de la familia de ella.
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Sólo soy una simple chica son sueños de convertirme en escritora. Esta es una historia original y sacada de mi imaginacion, cualquier historia parecida es una copia. Los personajes aqui utilizados para ilustrar la historia son simplemente con fines decorativos, la novela no tiene absolutamente nada que ver con la serie "The Vampire Diaries".
Crónicas De Un Amor Condenado. Capitulo 1 (continuación)
Autor: StephSalvatore | viernes, 16 de septiembre de 2011
Allí, sentado en la banca del rincón, se encontraba el chico más apuesto que hubiera visto jamás. Tenía el cabello negro como la noche y unos cuantos mechones le caían sobre la frente, su mandíbula era ligeramente cuadrada, pero perfectamente delineada. Su nariz, recta y afilada, marcaba una perfecta línea sobre su rostro, sus cejas, negras y espesas, formaban un arco magnífico sobre sus ojos; unos ojos que, cuando levantó la mirada para observarnos mientras entrábamos al aula, pude notar eran de un azul cielo maravilloso. Lo que más me llamó la atención era su piel, era demasiado pálida, pero no llegaba al extremo. Tenía un tono difícil de describir, ligeramente dorado, pero pálido a la vez.
Jamás había visto un chico como aquél, era obvio que debía de ser nuevo. Me di cuenta que no era la única que se había quedado perdida en su perfección cuando la mayoría de las chicas de la clase se dieron prisa por ocupar un lugar cercano a él.
Aly, como era obvio, tomó el lugar que se encontraba a su derecha y lo miraba con una sonrisa radiante. Sin duda había encontrado al que sería el próximo en su lista de ex novios.
Yo tuve que conformarme con el lugar que estaba a la derecha de Aly, y Adrienne se sentó justo frente a mí. En cuanto ocupamos nuestros sitios, Aly se volvió hacia el chico nuevo y lo saludó con una sonrisa coqueta.
—Eres nuevo, ¿verdad? Mi nombre es Alyssa Carter, pero puedes llamarme Aly —añadió moviendo su rubia melena.
El desconocido la miró fijamente con sus hermosos ojos azules, pero no tuvo tiempo de responder porque en ese mismo instante el señor Thompson habló y él le prestó atención.
—Bienvenidos de nuevo al colegio —dijo en un tono demasiado solemne—. Recuerden que éste es su último año, así que les recomiendo que se tomen las cosas en serio y se preocupen por sacar buenas calificaciones, si es que hasta ahora no lo han hecho —su mirada se posó directamente sobre Diego—. Bien, antes de entrar en materia, tal vez habrán notado que tenemos un nuevo compañero —esta vez sus ojos fueron a pararse en el chico nuevo—. Señor Slade, ¿por qué no pasa al frente y se presenta con sus compañeros?
Todas las miradas se dirigieron a la banca del rincón donde se encontraba el chico nuevo. Él cerró los ojos e inhaló profundamente, después se puso de pie y avanzó hacia el frente del aula. Mientras caminaba, todas las miradas de las chicas se posaron en él, y ahora que lo veía de pie entendía por qué.
Era alto, y su complexión era delgada pero musculosa. Llevaba unos pantalones negros ajustados que mostraban unas piernas fuertes, su camiseta era igualmente negra y ajustada, y con cada respiro que daba, su pecho se ensanchaba y se mostraba fuerte y musculoso. Ni qué decir de sus brazos, eran bastante fuertes y sus bíceps se veían bastante trabajados. No cabía duda alguna, aquel chico era la perfección hecha persona.
Cuando estuvo frente a la clase, miró hacia el frente sin observar a nadie en particular, y cuando habló, su voz sonó tersa y melodiosa. Los pocos murmullos que había quedaron ahogados en un silencio absoluto. Todas las chicas lo miraban absortas, me incluyo entre ellas, y Diego notó este hecho. Era evidente que no soportaba que alguien llegara a arrebatarle el lugar del más deseado del colegio, pero también era evidente que eso ya había sucedido. Se limitó a fruncir el ceño y a removerse en su asiento.
—Mi nombre es Alexander Slade —dijo el chico nuevo, con su voz perfecta—, y vengo de una provincia algo apartada de Inglaterra.
Entonces sus ojos azules bajaron y se fijaron en mí. Eran tan azules como dos lagos hermosos, y no supe cuánto tiempo intercambiamos una mirada larga y profunda.
—¿Por qué no nos cuenta qué es lo que hace aquí? —lo instó el señor Thompson.
—Vine porque me gusta probar nuevas experiencias —se limitó a explicar—. Conocer nuevas costumbres, saber lo que es vivir en otro lugar…
—Mejor que lo regresen a Transilvania —murmuró Diego en un susurro bastante audible que provocó las risas de todos los chicos.
Alexander lo miró sin inmutarse y respondió tranquilamente:
—Mejor que te regresen a tu campo de fútbol, que parece ser el único lugar donde muestras algo de inteligencia.
Esta vez el grupo entero estalló en carcajadas. Diego fulminó a Alexander con la mirada, pero éste continuó sin alterarse y solamente se limitó a esbozar una sonrisa burlona. Era evidente que entre ambos acababa de nacer una rivalidad y que esa respuesta de Alexander había sido la declaración de guerra.
No supe si estaba alucinando, pero cuando Alexander volvió a su lugar, me pareció ver que me dirigía una leve sonrisa, incluso me pareció ver que me había guiñado levemente el ojo. Me incliné hacia adelante para verlo mientras se sentaba y entonces el señor Thompson habló de nuevo.
—Muy bien jóvenes, muy bien es suficiente —movió las manos hacia el frente, buscando el silencio—. Después de esta demostración de humor por parte del señor Slade, creo que ya es tiempo de comenzar con la clase.
Se dirigió a su escritorio, tomó un trozo de gis y escribió en el pizarrón con letra grande: “Renacimiento”.
—Comenzaremos a hablar sobre la literatura del Renacimiento. ¿Quién de ustedes puede mencionar algún autor de esta época?
Nadie respondió.
—¡Vamos, jóvenes! Estoy seguro de que todos ustedes habrán oído hablar de por lo menos alguno de ellos —el silencio continuó—. El más conocido autor del Renacimiento, ¿nadie sabe quién es? —miró a la clase sorprendido.
Entonces la melodiosa voz de Alexander sonó desde el rincón del aula:
—William Shakespeare.
—¡Muy bien señor Slade! Todos habrán oído alguna vez en su vida de William Shakespeare, ¿no?
Un murmullo de asentimiento recorrió la clase.
—¿Quién puede mencionarme algunas obras de su autoría?
—Romeo y Julieta —respondió una chica sentada tres lugares frente a mí.
—Así es, ¿alguien conoce alguna otra obra?
—Emm… algo de una noche en invierno —respondió Diego, no muy seguro.
—Sueño de una noche de verano —lo puntualizó Alexander.
—De nuevo el señor Slade tiene la razón —Diego se revolvió molesto en su asiento y se cruzó de brazos.
Varios dirigieron miradas de admiración hacia el lugar donde estaba Alexander, yo lo miré y para mi sorpresa me di cuenta de que él también me miraba. No supe por qué, pero me sonrojé y desvié la mirada hacia otro lado.
—¿Qué otras obras de Shakespeare conocen, chicos? —repitió el señor Thompson.
—¿Por qué no le pregunta al señor Slade? —espetó Diego con la voz llena de celos—. Es obvio que el conoce del tema.
—Pues también escribió Otelo, El mercader de Venecia, El Rey Lear, Hamlet, la Fierecilla Domada, La Tempestad, Macbeth… —Alexander miró a Diego lleno de satisfacción y hablo con la voz aburrida, como si estuviera recitando algo que se aprendió de memoria.
—¡Vaya, vaya! —se sorprendió el profesor—. Parece que es usted un verdadero conocedor del tema.
Un murmullo de admiración recorrió la clase.
—Simplemente soy un fiel admirador de William Shakespeare —Alexander se encogió de hombros.
—En vista de que parece saber bastante sobre el tema, venga acá señor Slade, necesito de su ayuda.
El aludido se puso de pie, no muy convencido, y nuevamente se colocó al frente de la clase, junto al profesor.
—Emm… –los ojos del señor Thompson recorrieron la clase—. Señorita Jensen, sería tan amable de ponerse de pie, ¿por favor?
Al escuchar mi nombre levanté la mirada, desconcertada.
—¿Yo? ¿Para qué?
—Venga acá, por favor. También necesito de su ayuda.
Me levanté, no muy segura del por qué lo hacía y me coloqué al otro lado del profesor, evitando mirar a Alexander
—Jóvenes, quiero que hagamos un ejercicio.
Caminó hacia su escritorio y tomó dos libros. Nos entregó a Alexander y a mi uno de ellos y me di cuenta de que tenía un separador metido entre sus páginas. Leí la cubierta: “Romeo y Julieta”.
—Sus compañeros leerán un fragmento de “Romeo y Julieta” y quiero que todos escriban un texto tratando de explicar los sentimientos de los personajes. Quiero que describan la situación en la que se encuentran, la época y los factores que intervienen para que ellos se comporten de esa manera, ¿entendido?
Todos asentimos con la cabeza.
—Muy bien. Señor Slade, señorita Jensen, abran por favor los libros en la página que está marcada y lean esa escena como si estuvieran interpretándola, como si fueran ustedes los personajes.
¿Qué? ¿Interpretar una escena de Romeo y Julieta junto con Alexander?
—¿Tienen algún problema? —preguntó el profesor, al ver que ni Alexander ni yo decíamos nada.
—Por mí está bien —Alexander simplemente se encogió de hombros y examinó el libro que tenía entre las manos.
—No… no hay problema —musité débilmente.
Abrí el libro en la página señalada, la escena romántica del balcón. No pude evitar sentirme nerviosa ante la perspectiva de tener a Alexander como mi Romeo. Tomé aire y comencé a leer:
—No eres tú mi enemigo. Es el nombre de Montesco que llevas. ¿Y qué quiere decir Montesco? No es pie ni mano ni brazo, ni semblante ni pedazo alguno de la naturaleza humana. ¿Por qué no tomas otro nombre? La rosa no dejaría de ser rosa, ni de esparcir su aroma, aunque se llamase de otro modo. De igual suerte, mi querido Romeo, aunque tuviese otro nombre, conservaría todas las buenas cualidades de su alma, que no le vienen por herencia —hice una leve pausa—. Deja tu nombre Romeo, y a cambio de tu nombre que no es cosa alguna sustancial, toma toda mi alma.
Alexander me miró con sus ojos azules. Había algo en su mirada que me hacía perder en ella, me hacía ruborizar sin razón alguna. Esbozó una leve sonrisa y cerró el libro que tenía en las manos. Después habló con su profunda y melodiosa voz, que era como música para los oídos:
—Si de tu palabra me apodero, llámame tu amante, y creeré que me he bautizado de nuevo y que he perdido el nombre de Romeo.
Toda la clase, incluyéndome a mí y al señor Thompson nos quedamos anonadados. Alexander había pronunciado las palabras correctas sin siquiera leerlas. ¿Podría ser posible que conociera toda la obra, palabra por palabra?
—Señorita Jensen —el profesor me sacó de mi ensoñación—. Continúe leyendo, por favor.
Tragué saliva y proseguí:
—¿Y quién eres tú que, en medio de las sombras de la noche, vienes a sorprender mis secretos?
—No sé de cierto mi nombre porque tu aborreces ese nombre, amada mía, y si yo pudiera lo arrancaría de mi pecho.
Me sentía un poco tonta leyendo el libro y Alexander hablando de memoria. La verdad me sorprendía que un chico se supiera un libro escrito hace más de 400 años tal cual estaba escrito, y era obvio que todos los demás pensaban igual que yo.
—Pocas palabras son las que aún he oído de esa boca, y sin embargo te reconozco. ¿No eres tú Romeo? ¿No eres de la familia de los Montescos?
Levanté la mirada del libro y me encontré de nuevo con esos ojos azules que me hipnotizaban y me miraban fijamente mientras su dueño hablaba:
—No seré ni una cosa ni otra, ángel mío, si cualquiera de los dos te enfada.
—¿Cómo has llegado hasta aquí y para qué? Las paredes de esta puerta son altas y difíciles de escalar, y aquí podrías tropezar con la muerte, siendo quien eres, si alguno de mis parientes te hallase.
—Las paredes salté con las alas que me dio el amor, ante quien no resisten aun los muros de roca. Ni siquiera a tus parientes temo.
—Si te encuentran, te matarán —dije firmemente, sin dejar de mirar los ojos azules que tenía delante.
—Más homicidas son tus ojos, diosa mía, que las espadas de veinte parientes tuyos. Mírame sin enojos, y mi cuerpo se hará invulnerable.
Alexander hablaba como un verdadero Romeo. Pronunciaba las palabras con un sentimiento tal que parecía que salían de su corazón. Todas las chicas en el aula lo miraban fascinadas, tal vez por su hermosura o por la perfección que destilaba al personificar a Romeo. Fuera cual fuera la razón, el chico que tenía delante de mí me cautivaba igual que a las demás, y por un instante quise que de verdad fuéramos Romeo y Julieta, esos dos amantes declarándose su amor.
—Yo daría un mundo porque no te descubrieran —dije débilmente.
—De ellos me defiende el velo tenebroso de la noche. Más quiero morir a sus manos, amándome tú, que esquivarlos y salvarme de ellos, cuando me falte tu amor —Alexander dio un paso hacia mí y sonrió.
—¿Y quien te guió aquí? —continué leyendo, tratando de ignorarlo y de concentrarme en el libro.
—El amor que me dijo dónde vivías. De él me aconsejé, él guió mis ojos que yo le había entregado. Sin ser nauchero, te juro que navegaría hasta la playa más remota de los mares por conquistar joya tan preciada.
Nuevamente dio un paso hacia mí, pero esta vez tomó y mano y la besó delicadamente, sonriendo y sin dejar de mirarme a los ojos.
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